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Remedios inútiles para el pasado reciente

– Voy a matar a Luis Videgaray.

– Qué bien, ¿cuándo?

– No sé. Mañana. No, mañana no, tengo una cita aquí. Mejor el jueves, ese día puedo viajar al DF. Lo mato temprano y me regreso en la tarde, o en la noche.

– Me parece estupendo. Quedarse en el DF es horrible, mejor dormir aquí, cansado, pero en tu cama. ¿Por qué quieres matarlo?

– Ya me harté de sus amenazas con los impuestos. Amenaza a los que no se pueden defender y se convierte en terrorista desde la Secretaría de Hacienda. Deja indemnes a sus amigos, a aquellos a los que les tiene miedo y a los que necesita. Lees en el periódico una nota sobre la administración tributaria y de antemano sabes que no será algo bueno para muchos. Amenaza vulgar. Lo voy a matar.

– Por mí, mátalo. Además, si te animas, que sea el jueves, el viernes es un buen día para la prensa, tendrás estupenda cobertura. ¿Ya sabes si estará allá?

– Sí. Estará. Dará una conferencia en el Colegio de México sobre la reforma fiscal, justo el tema que desbocó mi ansia por extinguirlo… No lo soporto cuando habla de ella. ¿En qué país pensaba cuando la diseñó? ¿En cuál gente? ¿No sabe, el imbécil, que la mayoría de los mexicanos, la gran mayoría, tiene que hacer milagros para sobrevivir? Y el primero y más portentoso de esos milagros: quitar del camino el estorbo que es el gobierno donde quiera que se aparece, en el trámite más fútil o con su facha legaloide, desafiante y dañina; Videgaray no se hace cargo de ese detallito: los modos que él y gente como él procrearon durante un siglo y así como así saca el puñal y se pone a perseguir inocentes inermes.

– Uy, el Colmex… si te lo echas ahí, te invito a cenar en la I Latina. ¿Te imaginas? Lo bueno es que el Colmex está al sur, si del aeropuerto te vas por los segundos pisos, no sufrirás por el tránsito. ¿Está cerca de Six Flags, no?

– Sí, ¿por?

– No, por nada. Lo recordé. ¿Con qué lo vas a matar?

– Todavía no decido. Cuando los moditos de Videgaray me enojan más, me imagino tirándole con una bazuca, a quemarropa, otras veces lo empapo de fuego con un lanzallamas.

– ¡Ándale, mejor! Se me antoja. Ya veo las imágenes que los testigos pondrán en internet: los del Estado Mayor tratando de apagarlo, prendidos ellos mismos y sus trajes de polyester, puro combustible para el desquite cívico… ¡Ah! Si te animas a usar el lanzallamas pago también una botella de champaña en la cena. ¿Ya tienes las armas? ¿Ya sabes dónde conseguirlas?

– No. Y ni modo de llevarlas desde aquí.

– Tengo un amigo que es amigo de unos generales de la quinceava zona, le puedo decir. Esos generales, los he visto, ni siquiera preguntarán para qué; yo los tenía en otro concepto, a ésos y a los otros, la verdad es que les gustan la gran vida, las fiestas, la bebida cara, la comida decorada e insípida, y les atrae relacionarse con las buenas familias. Si mi amigo dice: mi general, ¿le podría prestar a un compa mío una bazuca, en el DF? Seguro le dirán que sí, con mayor razón un lanzallamas.

– Eso está muy bien. ¿Le marcas a tu amigo?

– Claro, al rato. Primero haré la reservación en la I Latina, ya sabes que los jueves son engañosos y se llena, es una locura.

– Entonces, ya estuvo, mataré a Videgaray.

– Hay que llegar a tiempo o no respetarán la reservación.

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-¿Qué pasó?

-¿No ves? Está cerrado…

– Qué raro. La I Latina cerrada, increíble. Cerradísima, nadie más parece haberse acercado.

– Sí, que por fuerza de mayores causas, o como se diga, no abrieran, nunca de los nuncas.

– Y yo que venía matándome para llegar a tiempo.

– El martes no se nos ocurrió que una de las consecuencias de tu acto podría ser algo como esto…

– A poco… ¿tú crees que no abrieron porque…?

– ¡Claro! No puedes incinerar en vida al secretario de Hacienda y creer, como nosotros cándidamente lo hicimos, que todo seguiría más o menos igual, y ya no digas lo demás que se te ocurrió…

– Te juro que en lo único que pensé cuando le apunté la boquilla del lanzallamas fue en la cena. Al jalar la palanca, no sé si se llame gatillo, sonreí: además de cobrarle una a Videgaray, una cena pagada por ti, con champaña incluida.

– Pues sí. Pero mira, me salvé: lo mismo que a ti te hizo merecedor de una cena gratis, a mí me eximió del compromiso.

– Vamos a otro lugar.

– Creo que todos los restaurantes y bares que valen la pena, en donde te encuentras políticos, personajes y a los conocidos, seguramente están cerrados.

– Aunque sea unos tacos, para contarte la historia. Asusta como Av. Inglaterra, sin la I Latina, puede lucir tan lúgubre, si ahorita pasara el tren me sentiría en una película de espantos.

– Sale, vamos a los de La Cruz… no creo que ahí estén al pendiente de la espectacular fuga de divisas que ya se ve venir o del alegato que trae el secretario de la Defensa para que el Congreso declare que la ley de los chicharrones de los soldados debe tronar como una .45 en todo el territorio nacional, inmediatamente. Pero vas a pagar tú, por la memoria incendiada de Videgaray y por el otro boquete que le hiciste al ejecutivo federal.

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-Lo primero que se prendió, bueno, es lo que recuerdo, fue la corbata, objeto inútil que ahora ganó su sitio como metáfora de la mecha. Luego su traje de casimir se volvió de lumbre, ¿te imaginas esquilmar borregos flamígeros? Cómo gritaba el infeliz. Pero no se soltó del podio que por la magia del lanzallamas era una chimenea chisporroteante. Ahí solté el interruptor y aventé el aparato.

-¿Y nadie, cuando entraste, se puso a averiguar qué era semejante equipo?

-En el arco de seguridad me preguntaron si traía celular. Lo saqué de la bolsa, lo puse a un lado junto con el lanzallamas que parecía una mochila con computadora grande. Uno de los guardias sí tuvo curiosidad por la manguera que sobresalía y me preguntó, le dije que padecía de insuficiencia renal y que necesitaba hacerme diálisis a cada rato.

– El chofer te esperó, ¿verdad?

– Sí.

– Es una monserga salir a buscar taxi y luego a lo mejor te toca uno que en realidad sea un malviviente. En la tele y en los periódicos contaron que varios de sus escoltas terminaron con quemaduras de tercer grado.

– No, hasta eso, el chofer muy buena gente, se quedó ahí cerca; luego de dejar prendida la pira hacendaria llegué corriendo y salimos de volada. Odio perder los vuelos, prefiero estar horas en el aeropuerto que ir con el corazón a galope tendido porque voy retrasado. Por lo demás, los medios mienten, las únicas quemaduras que sus escoltas deben estar curándose son las que traen en la vergüenza; ninguno de ellos y nadie en el público se movió, gritaban, se pararon, sacaron sus celulares, pero ni quien diera un paso adelante. Los que se abalanzaron para intentar cegar la tea llamada Videgaray fueron los de siempre, los que sí saben qué significa la palabra prójimo: los trabajadores de filipina y charola que repartían café y galletas, no se lo pensaron y quedaron ardidos. El combustible quemado del lanzallamas huele muy mal.

– Lo raro es que justo luego del atentado, así lo llamaron los primeros en pasar la nota, no parecía que fuera a ser para tanto, sí, que muriera achicharrado el secretario de Hacienda no es una minucia, primera plana en donde me digas, pero que las reacciones llegaran al extremo de cerrarnos la I Latina… lo que complicó todo fue que te avorazaste.

– Me subí al taxi con la pena de ir oliendo a mofle de troca vieja; pero no estaba seguro, ya ves que se te queda la pestilencia en la nariz y sientes que estás impregnado. Voy a pedir unas flautas, son buenísimas.

– Aquí todo es bueno, lo malo es que no dan factura.

– Mira, me avoracé, pero sin saber cómo, o más bien no lo pude evitar.

– ¿Qué te dijo el taxista cuando te subiste?

– Me preguntó si mi negocio había ido bien, porque en el aeropuerto le conté que iba a un asunto rápido, a un negocio, que el viaje con él se trataba de, primero, pasar a recoger unas cosas, las armas, claro que a él no se lo dije, de ahí al Colmex y de vuelta al aeropuerto. Le contesté que sí, que todo de maravilla y, en eso, por el espejo retrovisor vi sus ojos directamente en los míos y, no sé por qué, le conté los detalles de lo que fui a arreglar.

– No inventes. Qué cara puso.

– Estiró la mano a la radio y la prendió. En la estación a la que le cambiara no se hablaba de otra cosa y habían pasado, si acaso, quince minutos. Volvió a poner su mirada en el espejo y me miró fijamente, luego sonrío, movió la cabeza de un lado a otro y con las palmas de las dos manos golpeó fuerte el volante y me dijo: entonces, ¿al aeropuerto?

– Es que los taxistas son unos tipazos, nada ignoran, son tolerantes sin darse ínfulas, no juzgan y qué no han visto; nomás los asusta quedarse sin gasolina.

– Sí, en todo están. Mientras trataba de llegar al carril opuesto, para dar la vuelta en U para ir al Periférico, me preguntó: ¿y eso? Se refería al otro bulto que me entregó el Mayor, porque llevó dos, uno con el lanzallamas que acababa de abandonar y el otro con la bazuca que tu amigo pidió a los generales. Eso fue lo que me perdió, el otro bulto y la sonrisita del taxista.

– Ya me enchilé. Hoy la salsa les quedó muy picosa, le diré a la mesera que le ponga más caldo a mi pozole.

– Saqué las dos partes de la bazuca y el proyectil. Levanté la mira. De reojo, el taxista vio el equipo y preguntó: qué es esa cosa… Una bazuca, respondí, y la armé en dos segundos, uní los tubos y clic, clic. Oiga, muy alarmado el chofer, no lo van a dejar subirse al avión, bueno, ni siquiera le darán chance de entrar a la terminal.

– Oye, además, sensato. ¿Y qué pasó?

– Bueno, el caso es que, sin prólogo o introducción, me dijo: sé en dónde está el presidente Peña Nieto ahorita mismo. Me quedé callado. En el Museo de Antropología, me notificó, y tomó ese rumbo. Al cabo usted es rápido y alcanzará a tomar su vuelo, me tranquilizó, sin parpadear.

– Insisto, dueño de esa sensatez socarrona tan mexicana. Cuando se trata de malorear, somos como ajedrecistas rusos.

– El resto, como siempre con las mejores cosas, fue una adición de coincidencias. Cuando llegamos, el acto en el museo ya había acabado y la seguridad era laxa; nos estacionamos y como el coche traía las calcas que lo identificaban como transporte del aeropuerto, nadie dijo nada. Por suerte, o señal divina, Peña Nieto rompió el protocolo para mostrar la mole de Tláloc a alguien, yo saqué el frente de la bazuca por la ventanilla, el presidente me vio, tomó al fulano del codo y como que le dijo: volteé para la foto, me miraron y ¡pum! Empujé la bazuca y la solté, quedó sobre la calle, pegadita a la banqueta, no se veía. Nadie supo qué había pasado, o de dónde había salido el tronidazo.

– ¡Qué bárbaro! ¿Ya viste la cuenta? Ciento cincuenta pesos por dos cenas como dios manda. Este lugar es único. ¿Y qué hizo el taxista?

– Nada, o lo que corresponde en una situación así. Se bajó y comenzó a gritar: allá van, son dos con bigote, pluma Bic en la bolsa de la camisa y traían chicas pistolotas, parecían de los profesores oaxaqueños de los que a cada rato hacen plantones… Y bueno, ¿quién no le hace caso a un trabajador del volante que sabe quiénes son los verdaderos enemigos del régimen?

– Y no perdiste el vuelo…

– Llegué a tiempo. Hace rato supe que fue el último que despegó. Luego cerraron el espacio aéreo y … se puso feo, ya ves.

– No. Feo estaba. Más bien se puso divertido. Con Videgaray en un cenicero le diste su merecido a la reforma fiscal y de paso a la noción de que es posible conocer al país entero y a su gente desde una oficina en el DF. Con Peña Nieto multiplicado en restos esparcidos en cien metros a la redonda, ofrenda para el gran Tláloc (dicen los demiurgos del temazcal), aniquilaste al resto de las reformas y vengaste las afrentas y la corrupción y el cinismo. Estuvo bien. ¿Qué vas a hacer el fin de semana?

– No sé. Estoy cansado. Ningún cajero automático va a funcionar y no hay negocio que acepte tarjetas, no me queda sino rumiar noticias, por ahí le he dado vueltas a la idea de que el gobernador me está cayendo mal, la impunidad ya es intolerable.

1 comentario en Remedios inútiles para el pasado reciente

  1. Noemi Montenegro // 18 mayo, 2021 en 3:50 pm //

    ¡¡Por Dios!! Qué delicia de historia. Es tan divertido imaginar que los políticos por fin nos la pagan. Ese personaje podría ser parte de un escuadrón mata-políticos que un amigo también recreó en su maligna mente. Por cierto, mi amigo también escribe aquí.

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