Altas o bajas, jarro o cristal cortado
No tiene las mismas implicaciones escribir: el jarro del gato, que: El Jarro del Gato. Ante la primera expresión el lector y la lectora avispados exclaman: ¿un gato con jarro? ¿Para qué? En la segunda queda claro que se trata no de un jarro sino de un símbolo y Gato no se refiere a un misifús constantemente pardo, con caja de arena por baño, castración de rutina y gatina en lugar de nutritivas ratas, sino al Gato, personaje central de, sí, El Jarro del Gato: espacio difuso para agrimensores, aunque próximo a quienes indagan la anchura, el grosor y la longitud del espíritu que se viste de compromiso político, de poesía.
Jarro es una ambigüedad y el Gato también (pero no le digan), en tanto que el jarro del gatoes anomalía en la decoración de interiores o presumible violencia contra un animalito doméstico.
Entonces…
El idioma alemán es justo,
todos los sustantivos inician con mayúscula: un Gato es un Gato
Y aunque digamos: el Gato es un Gato
nadie se puede llamar a servilismo.
Pero el español se inventó para jugar.
Que nuestra bendita lengua nos libre
de la precisa solemnidad germana.
Gracias a ella el Gato no sólo sabe,
Entiende que es eso, un gato,
sin implicaciones éticas
tampoco laborales.
Gato como quien dice Volkswagen.
El náhuatl en cambio es mustio,
en el origen no nombraba
aquello que no le era propio,
Y como por estos pagos gatos no había,
una de las acepciones del gatuno término la cumplía el vocablo:
tlakoti.
Con lo que la ciencia política
resolvía las categorías de este modo:
Nuestro tlatoani es un tlakoti,
Pero es nuestro tlakoti.
(Ambos nombres con minúscula).
El italiano es sabio también
y con cantarino ritmo sentencia:
traduttore traditore,
traidor el traductor…
Asumo esa abyecta condición:
traditore,
no interpreté directamente al náhuatl la voz: gato.
Me valí de su connotación coloquial esclavo: tlakoti, pues.
Porque gato es eufemismo de gato.
En cambio tlakoti denota
con nitidez, ruda, una realidad constatable.
Pero pido perdón,
Lo correcto sería una expresión que nos aproximara a la bestia europea conocida como gato, desde su similar en la fauna local, la de aquel entonces.
(Condenación para aquel que, imbuido por la ideología de género, enmiende así:
“la bestia europea conocida como gato o gata”).
El acercamiento al término biológico que objetivaba para los nahoas, en la Nueva España, la noción gato, era océlotl… con lo que los politólogos, Ilhuicamina Petermipichtli a la cabeza, (era su apelativo previo a la evangelización, por la que no nos han ofrecido disculpas), disculpen la digresión, decía que los politólogos tendrían que haber escrito: Nuestro tlatoani es el océlotl, Pero es nuestro océlotl,
(Ambos con minúscula, al cabo los españoles agarraron a los nahua-parlantes de sus océlotl, que son traslación cuadrúpeda de los tlakoti, incluso de aquellos que son el Gato del Jarro).
El habla francesa no se queda a la cola
(del gato),
ingeniosa, cachonda,
sarcástica,
instrumento preferencial
de la diplomacia
evade clasismos (al cabo son evidentes e indelebles),
y no le incomoda hacer guiños de servidumbre forzada, de los que molestan a espíritus blandengues que suponen no ser gatos.
Entre quienes sueñan y se afirman en francés gato es nomás onomatopeya, eso sí, una sustantiva:
Gato: chat… CHAT Como cosa que cae. Se escucha: Chat, Y según la altura de su despeñarse Se escribe con mayúscula o con minúscula.
De lo que se sigue que, como en español, en alemán, en nahoa, swahili
o francés:
hay de chats a chats.
Escuchemos la música de la poesía francesa: Notre président est le chat,
Mais c´est notre chat…
Se escucha, ¿lo escuchan?, el palpable derrumbe: ¡Chat!
Ensayemos una traducción, literal y sonora, del francés:
Nuestro presidente es la cosa que cae, Pero es nuestra cosa que cae.
Pero dejemos de lado, al fin, las lenguas representantes de culturas decadentes.
El gato tiene antecedentes milenarios en una que vuelve a ser dominante: la china.
En aquel levante misterioso, y mayormente ignoto, decir gato es decir:
Mao
con lo que la frase:
nuestro presidente es el Mao pero es nuestro Mao.
(En los ideogramas no hay mayúsculas ni minúsculas, por eso en China los maos llegan a ser secretarios generales del partido comunista)
El caso es que el gato pensado en chino cobra el sentido tan elevado que posee en cierto conventillo poderoso del occidente del occidente, El Jarrón del… etc.
Cualquiera con una formación elemental no desconoce que el Mao ideólogo vaticinaba que aún después del triunfo del comunismo la lucha de clases continuaría; o sea: no se hagan bolas: muera el capitalismo, pero no sus tan bienvenidas diferenciaciones.
Lo anterior fue palabra de Mao en plan de ya no ser el mao de nadie,
o como se dice en chino cantonés (en traducción libre)
come caca y no me des.
Luego de la tesis, la antítesis y su dialéctica:
Gato (¿se oye la mayúscula?), gato, tlatoki, océlotl, chat, mao
la síntesis, cortesía de Gertrud Stein:
El gato es un gato es el gato es un gato…
O lo que viene siendo y se lo venimos ofreciendo:
Es lo que es y no es lo que no es, aunque sirve para casi todo,
a menos de que no.