A manera de título medieval…
Mientras la Historia con h mayúscula se afana en sus rutinarias y perniciosas desmesuras, la otra, la historia a secas, la que es sinónimo de cotidianidad vital, de narración doméstica, afirma su trascendencia sin necesidad de que alguien la note.
Augusto Chacón
Una de las organizaciones políticas más relevantes del occidente de México, el Partido de Liberación “Octavio Paz” (PLOP), festejó su aniversario número nueve, el 9 de octubre de 2023, barrio de la Capilla de Jesús en Guadalajara, Jalisco.
La relevancia de la institución, en tanto instancia política, consiste precisamente en que, al contrario de aquellas que tienen años en la vitrina pública siendo en una buena porción responsables de la devastación política que padece el país, el PLOP, desde su marginalidad, no hace daño a nadie y con eso: beneficia a todas, a todos. (Mensaje dirigido a los detractores del PRI, PAN, PRD, Verde[dizque ecologista], Morena, PT, Hagamos y Futuro; es decir: mensaje dirigido a toda la nación). Vaya una muestra para sustentar el aserto: el PLOP no recibe dinero del erario, ni lo ha intentado; además, en sus estatutos se establece que si $17.00 (diecisiete pesos) no son suficientes para hacer política, cualquier cantidad por encima de ésta es dispendio e inmoralidad.
Por lo anterior -y por ociosidad- quizá resulte iluminante conocer uno de los documentos que en el sonado festejo se compartió con la Asamblea:
Cuánta solemnidad se necesita para que un mensaje, este mensaje, adquiera el tono que refleje la profundidad, la emoción que provoca el acto que hoy nos tiene aquí… y, por cierto ¿qué es la solemnidad?
Solemnidad es ponerse de pie cuando alguien habla… del PLOP.
Solemnidad es agachar un poco la cabeza en señal de respeto porque alguien dice, grita, musita el vocablo PLOP.
Solemnidad es ocultar la sonrisa, apagar el brillo de los ojos y no mirar de frente -tampoco de lado- a nadie, para que no se note que lo que en realidad nos invocó fue la malta, pasada por la debida destilación y embotellada, y unida, claro, a las ganas de una tarde sin trabajar y a la posibilidad de reírnos a costa de alguien.
Solemnidad es, camaradas, en resumidas cuentas, practicar el deporte más mexicano: la simulación.
Hoy conmemoramos los primeros nueve fructíferos años de nuestro instituto político que, en sentido estricto, y al revés de lo que dice la Constitución de la República, no es de interés público y más, lo digo sí, con toda solemnidad: es de interés notoriamente privado y más aún: nomás para el interés de presidente que con ahínco y convicción nos ha mantenido cohesionados, irresponsables, pero cohesionados, indisciplinados, pero cohesionados, bebedores y a pesar de eso, cohesionados, porque nuestro inefable mandatario, además de enjundioso e idealista, es vivo como todo presidente debe serlo: su Kola Loka para lograr la cohesión política que distingue al PLOP, es un batidillo de güisqui y botana (cada jueves más escasa).
Pero el caso es que lo que hoy invita a la solemnidad, no es el vulgar paso del tiempo, es la historia de lo que hemos creado, sí, presidente, en plural, aunque su trotskismo lo haga sentirse protagonista. Aún excita las sinapsis entre mis neuronas el recuerdo vivo de las primeras reuniones: nadie sabía bien a bien de qué se trataba esa idea de ayuntarnos quincenalmente. Con sentimiento lacrimógeno recuerdo las miradas de mis compañeros, todos, que de uno en uno pensaban sin decirlo, no se hagan: ¿y por qué invitaron a ése, o a aquél otro? Los más honestos se cuestionaron: ¿qué hago yo aquí? La duda no se despejó nunca, pero sucedió lo inevitable de la rutina y del no tener nada qué hacer: nos agarramos cariño, y de pronto, como sin darnos cuenta: teníamos un partido en forma, de los que el país produce: veleidoso, inaprehensible ideológicamente, oportunista electoralmente y mustio, aunque con una impronta de la que no dejamos de estar orgullosos: está pensado, hecho, puesto para la derrota, y ya tocaré este punto en la p. 27.
Porque no quiero que el sentimiento que provoca el festejo se pase y deje de mencionar otros hitos de nuestro devenir: ¿quién quiere olvidar cuando en los cálculos del presidente pasamos de ser militantes a convertirnos en clientela? Me refiero al día que debemos inscribir con letras de oro (es un decir): el de la publicación de su libro de cuentos y hubimos de llenar el teatro en el que fue presentado. ¿Quién quiere olvidar los días gloriosos en los que nos paseamos bajo el cielo benditamente rociado del aroma del Partido Comunista de Cuba? Nos paseamos ahí, humildes y con un razonable poder adquisitivo para demostrar que no tememos al capitalismo. ¿Quién quiere olvidar que en esos días el presidente llegó al clímax de ponerse a gatas para que los compañeros cubanos dispusieran de su cuerpo en señal de solidaridad? Y en señal también de que -y eso también nos distingue- de que la moral y las costumbres de origen cristiano-tapatío nos hacen los mandados. Ya de paso, lo que sí deberíamos olvidar es que ninguno de los morenazos que vieron semejante disposición a la entrega de nuestro líder nomás lo rodearon, tapándose la nariz y riendo.
Prometí un recorrido filosófico por la noción que nos hermana, que delinea el futuro de nuestro partido: la derrota; es en ella donde reside la propuesta revolucionaria de nuestro hacer que nunca hace: perder es el símbolo más alto de nobleza, adquirir el poder por la vía del fracaso electoral es de una perversidad sólo equiparable a la que se necesita para decirle a un candidato que, para ser respetado, debe convertirse en santo y ser amado; él completó el concepto cuando nos dijo, mirando al a lo alto: el ángel mas bello, Lucifer, no cayó, en realidad se tropezó, y fue a parar arriba, en donde se oculta, para unos cuantos, el verdadero triunfo: hacer creer al Todopoderoso que se salió con la suya y dejarlo regir en el equivalente de Palacio Nacional.
Quisiera, entrañables amigos, tener un talento más agudo para que lo que siento se convirtiera en palabras y éstas en credo y éste en programa y todo junto en dinero, aunque en la miseria política, codo a codo, somos mucho más que dos… y luego, casi en clave poética, recitarles: me gustan cuando callan, me gusta cuando callo… así hasta parecemos inteligentes.
El fárrago anterior, párrafo por párrafo, es prueba de que el dios que ilumina nuestro partido ateo me dio la espalda, de que no dispuso que tuviera a mi alcance semejante talento… por lo que agradezco que no les quede más remedio y atiendan mis balbuceos.
Con una certeza remato: larga vida al PLOP, una de las mejores cosas que nuestra pulsión gregaria ha creado…
¿Cuánta solemnidad se necesita para reconocer que la deseada larga vida para el PLOP es inversamente proporcional al bienestar, seguridad, justicia, honestidad y democracia de las que México está urgido? Ninguna solemnidad, al menos no una que no se demuestre con el silencio que, en este punto, anuncio… durará un minuto.