Diván de teoría literaria
Sueñas una mesa larga.
Sueñas la mesa en una penumbra, su cubierta es parda; alrededor hay personas a las que quieres, no reconoces a ninguna.
Sueñas que la materia de la que está hecho el extremo lejano no es táctil, es penumbra maderable y mana de esa parte de la mesa; te apoyas y sientes: toda está hecha de lo mismo.
Desde el otro lado alguien te ofrece un regalo, gris, lo empuja hacia ti y su mirada es amistosa, pero no estás seguro. Nunca te habían obsequiado algo tan valioso; no sospechas qué es, pero intuyes que es perfecto, sólido y pesado se desliza como si levitara por sobre la mesa larga.
Sueñas más: todos es esfumaron, estás solo con el presente que no te atreves a tocar, sabes, epistemología evanescente de la psique, que cuando hagas el intento por develarlo, el objeto y tú se disiparán y nunca sabrás qué te regalaron.
En ese punto, en el que dudas, tu sueño sale de la penumbra; es ahora un texto no escrito. Una transparencia luminosa es la página en blanco y supones, feliz, que la llenas con palabras de realidades a las que no perteneces y que súbitamente olvidas.
Comienza la fuga en descenso: del sueño a la vulgaridad de un amanecer anodino, de cualquier día. Sonríes, diste con una de las manifestaciones de la literatura: la mesa larga y parda que más tarde tu memoria desechará.