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El Sentido de la Vida

Allá por 1986, mi hermana iniciaba sus estudios de comunicación. Un día se reunieron en casa de mis padres un grupo de sus compañeros para ver una película recientemente estrenada; “El fuego de San Telmo”. Esta reunión se volvió una broma familiar, pues escuchamos a ese grupo de nóveles estudiantes (entre los que se encuentran hoy destacados periodistas, poetas, escritoras, madres y padres de familia) discutir por horas sobre la primera escena de la película, en la que un grupo de estudiantes recién graduados de la universidad bajan la escalera de su escuela.

La discusión (a juicio de la familia mucho más larga de lo requerido) versaba sobre el significado de esa escena. No se trataba solo de una simple toma de apertura de la película. Tenía -decían ellos- el significado de la entrada de esos jóvenes a la vida adulta, con todas sus consecuencias y tribulaciones. Empezaba para ellos la búsqueda del sentido de la vida. En ese año, mi hermana y yo mismo estábamos aún lejos de bajar por esa escalera.

Hoy, 36 años después y en esta noche de insomnio, viene a mi cabeza esa anécdota. Hoy mis hijas menores están ya en la escalera; una en la parte alta, iniciando el descenso y la otra a solo un escalón de llegar al inevitable piso de la realidad. A la mayor ya le toca (herencia de su madre) acompañar a otros jóvenes por ese camino difícil del parto hacia la adultez.

Y de repente, me encuentro a mi mismo en mi propio camino. El ruidoso silencio de la noche citadina me permite disfrutar el panorama del camino recorrido. Me provoca también, por supuesto, nostalgia de algunas de las cosas que se fueron quedando en ese camino.

En este ruidoso silencio, hago un incompleto inventario de convicciones: la de que Dios nos puso en este mundo para ser felices, y hacer felices a los demás; la de que tenemos la obligación de hacer el mayor esfuerzo por dejar este mundo mejor de como lo encontramos; la de que en este río de la vida, cada quien está obligado a navegar remando su propia canoa, pues nadie lo hará por ti; la de que uno solo es lo que es y anda siempre con lo puesto, y nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

Pero ni la película del Fuego de San Telmo ni el insomnio duran lo suficiente para desentrañar el Sentido de la Vida. Ni siquiera cincuenta y seis años han sido suficientes. Habrá entonces que apurarse, antes de que el camino me lleve, inexorablemente, a la siguiente escalera.