Perder la vida / Ganarse la vida
Podemos perder las llaves frecuentemente, el control remoto, una receta, el celular y muchas cosas más, a veces con una frecuencia exasperante. A veces pienso que debe uno conformarse con no perder la vergüenza o la dignidad, «cosas» que paradójicamente solo se pueden perder de manera condenable y voluntaria, en cuyo caso la perdida es más bien renuncia. La pérdida requiere un descuido o un infortunio no atribuible a nosotros.
De esta forma, se estila que el relato sobre eventos trágicos donde una o varias personas dejan de existir de manera súbita, sea referido como «perder la vida». Aunque accidentes pueden ser fruto del descuido, propio o del otro, también es cierto que ocurren accidentes plenamente fortuitos o involuntarios, como ir manejando por una carretera montañosa y que un deslave acabe con nuestra vacación y probablemente con nuestras vidas.
Sobre estas pérdidas no hay nada que pueda hacerse sino precaución y alguna medida de suerte (si es que esta existe por supuesto). Ahora bien, pocas veces reflexionamos sobre formas más trágicas de perder la vida, trágicas porque podrían –debatiblemente por supuesto– ser evitables. La forma más trágica de «perder la vida» es por goteo. Se pierde así cuando se pasa más tiempo del necesario en un trabajo que detestamos y que nos drena no solo el tiempo y el ánimo sino el espíritu. Igual podría decirse de relaciones personales, vínculos sociales y proyectos inalcanzables. Pienso que esta es la forma más trágica de perder la vida porque inadvertida e irresponsablemente vamos dejando la vida poco a poco, momento a momento renunciamos a ella y sus posibilidades, nos volvemos cómplices de nuestra muerte lenta.
Cabe decir, para ser justos, que no todos los trabajos ni relaciones se pueden o dejar a voluntad y a la primera, la necesidad del sustento y cobijo la tienen plenamente cubierta y garantizada un porcentaje ínfimo de personas con fortuna (que no es lo mismo que afortunadas). Sin embargo, si se tiene la dicha, los medios, la preparación y el entorno para «no morirse de hambre», nos debemos evitar perder la vida a gotas, a gajos, a capas, pero irremediablemente, porque como bien dice ese refrán: después no hay después. La vida eventualmente se termina, pero la verdadera tragedia no es su fin, sino su desperdicio.
Existe una clara diferencia entre perder la vida por goteo o invertir la vida en un «riego» de aquello que consideramos relevante, de ser posible no solo para nosotros, sino para los demás, sin olvidar ni a uno ni a otros. Concuerdo con lo que decía Sócrates de que «una vida sin examen no merece ser vivida», sirva esto como un autoexamen y autollamada de atención que quisa resuene en otras mentes afines.
Ahora bien, la frase de ganarse la vida también la admitimos sin mayor análisis y quizá sin malicia. Creo fundamentalmente en el valor del trabajo honesto, el problema es cuando el sistema socioeconómico y de valores en que vivimos exige la productividad (medida caprichosamente) como medida de valor del individuo. Si bien es cierto que un parasito social es inexcusable también lo es que en bastantes casos (la mayoría?) esto no tuvo que ver siempre con decisiones personales, incluso una mala decisión de iniciarse en el consumo de drogas duras tiene diferentes consecuencias dependiendo de la clase social, para unos implica una temporada en oceánica, para otros vivir en los túneles de López Mateos.
Dicho esto, el problema con «ganarse la vida» es que establece implícitamente que solo tienen derecho a vivirla quienes embonen adecuadamente en el modelo de productividad vigente. Sin afán a equivocarme, podría afirmar que la mayoría de los trabajadores dejan en su trabajo la vida misma sin llegar a «ganarse» una vida digna, invirtiendo solo en transporte el tiempo que le dedican en deciles más altos a su jornada completa (evidentemente no me refiero a las 8 horas, que es la medida de jornada del trabajo asalariado, menor a la del trabajo informal, que deja algo más pero exige mucho más).
En fin la vida puede perderse, puede ganarse, puede dilapidarse, puede evaporarse, y en el trance de todo esto invariablemente termina. Nuestra agencia en todo ello no debe desdeñarse, porque en el fondo es quizá lo más tangible que tenemos.