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Es que los celos…

¡Paty!¡Paty! gritó Pedro al llegar a la casa de ella, ocultando el ramo de flores que le traía por su cumpleaños. Silencio. Se le borró la sonrisa. ¿Paty? Volvió a decir en voz alta.

¡Paty!¡Paty! gritó Pedro al llegar a la casa de ella, ocultando el ramo de flores que le traía por su cumpleaños. Silencio. Se le borró la sonrisa. ¿Paty? Volvió a decir en voz alta. Otra vez ausencia. A la pasada dejó las flores en una mesita y subió a la planta alta. Nada. La cama destendida, la ropa en el suelo. Hizo la primera llamada, contestó el buzón. Pinche vieja, se dijo a sí mismo, esperando que apareciera pronto. Reconoció su enfado. Es inaudito que ella no esté para él, precisamente el día que él la quiere festejar. ¡Que hija de puta! Primer adorno estrellado en el suelo, así, sin mucho esfuerzo, como para castigarla, como para que aprendiera, un retrato de ella con su papá que tenía sobre su buró. Volvió a llamar. Teléfono fuera de servicio. Le llamó a su mamá; no estaba con ella. Pinche Patricia, jija de su chingada madre ¿Dónde se metió? Segundo adorno despedazado contra la pared, este sí con más ganas. Tercera llamada. Teléfono fuera de servicio. No ocupado, fuera de servicio. El calor se le fue subiendo a la cara. Con el ceño fruncido le llamó a su mejor amiga. Tampoco estaba con ella, entonces vio las bragas debajo de la cama, rojas y echas churrito, y la imaginación le dio un mal consejo. Fue a la cómoda y esculcó en el cajón de su ropa interior. Se encontró un paquetito de condones. Le saltó la ira, se le nubló la visión. Él no coge con condones. Tercer adorno reventado, ya con virulencia, un jarrón al suelo y por si no fuera suficiente, pateó los restos. Si por eso la había sacado de trabajar. La quería allí, la quería ahora, lista para ser querida por él, solo por él, que iba a ser su marido ¿Qué parte de ser su hombre no entendía la ramera? Condones. Seguro que le estaba poniendo los cuernos. Aún no se casaban y la muy piruja ya andaba cogiendo con otros. ¿O para qué son los preservativos? Otra lámpara y otro retrato quebrados. Barrió con un altarcito de muertos hecho sobre la cómoda, para honrar al papa muerto de COVID, apenas un año antes. Faltaban cinco minutos para la cita ¿pues que no pensaba arreglarse, la pinche vieja?

Bajó las escaleras, recogió las flores y las metió al excusado con fuerza. Fue a servirse un trago. No se lo sirvió, tomó directo de la botella. Tequila de su tierra. Se sacó el cinto piteado y con la hebilla destrozó los pomos acomodados en el pretil. Otro trago y otro más.

Habían quedado de verse a las siete y ya pasaban diez minutos. Eso ya fue mucho. Para entonces Pedro estaba en un diálogo interno desbocado. Esto me humilla, me rebaja… ¿qué no sabe que mi tiempo vale? … y aquí me tiene como su pendejo. Hice maromas para llegar a tiempo, cancelé dos citas y le mentí a mi jefe. Todo para poderla llevar a cenar y luego a un motel y la pinchi vieja con otro, decía en voz alta. De la rabia pasó al despecho y nuevamente a la ira. Bufaba. Fue al baño de la entrada a echarse una firma y al salir oyó la llave que intentaba abrir la puerta a unos cuantos pasos.

Cuando entró, Patricia no tuvo tiempo de saber qué pasó. Un puño furioso se le estrelló en la cara. Cayó noqueada. La pendeja ni siquiera supo caer, pensó Pedro para sus adentros. La iba a patear, pero se contuvo; de la nariz le brotaba un chorro de sangre. Entonces fue que la miró y de repente le explotó el escenario como un balde de agua fría. No obstante, aprovecho la oportunidad para esculcarle la bolsa en búsqueda de los condones. También su teléfono. Apagado. Trató de prenderlo, pero no tenía pila. No encontró nada. Su respiración, sí, la de él, empezó a agarrar un ritmo más tranquilo. Corrió a la cocina por un trapo y algo de hielo. Trató de limpiarla y hacerla volver en sí. Cuando Patricia se incorporó, apenas atinó a balbucear:

–¿Ahora por qué me pegaste?

–Pensé que era un ladrón, mi vida –tuvo la desfachatez de contestar ya perturbado por la imagen de la cara de Patricia— no, quise hacerlo, mi amor, mi amorcito –agregó tomándole la cara con las manos, limpiándola con el trapo de cocina y poniéndole hielo en la nariz —es que antes se metió un ladrón que destrozó tu cuarto. Estaba tan en shock que cuando abriste, pensé que era él que regresaba, yo jamás te haría daño… ya nos vamos a casar… mi vida… tu eres todo para mí. Déjame ayudarte.