Hacer que la cobija nos alcance (I)
Close up top view of young business people putting their hands together. Stack of hands. Unity and teamwork concept.
“Ustedes tienen razón en lo que plantean, y espero que el mundo sea muy pronto como lo platican. Pero ese cambio nos costaría a nosotros (una compañía muy grandotota) miles de millones de pesos, así que no tengan duda de que haremos todo lo que esté en nuestras manos por evitarlo.»
El director de esa compañía
El propósito de la actividad económica es asegurarle al ser humano una subsistencia decorosa. Es decir, una subsistencia que le de acceso al bienestar, con sus necesidades básicas cubiertas y quizá un poco más. O por lo menos esa es la idea que pudiera usarse, aunque sea un sofisma, para describir uno de los propósitos del sistema de organización social que tenemos.
El problema es que, si bien la organización económica genera riqueza, elemento indispensable para acceder al bienestar, no la redistribuye con justicia… lo que provoca desigualdad, o sea una subsistencia sin decoro ni bienestar.
Y es que el modelo económico actual está más concentrado en generar utilidades para acumular capital, que en generar bienestar. Ese principio implícito trastoca el propósito de la actividad productiva (por eso es un sofisma). Dicho más directamente: la actividad de las empresas está enfocada en generar para los inversionistas el mayor margen posible de utilidades… los salarios u honorarios que por lo general son bajos y desiguales, son la parte del costo de crear la riqueza que corresponde a la mano de obra, a los trabajadores, empleados y colaboradores. Si hay alguna política compensatoria para la redistribución de la riqueza, ésta se da casi exclusivamente por la vía de lo que el Estado “puede hacer por el bienestar de la sociedad” con los impuestos que se le pagan. Y lo que el Estado puede hacer, no está siempre orientado a corregir desigualdades (i.e: la mejor infraestructura urbana está del lado de quienes tienen recursos). En su último libro, Joseph Stiglitz[1], describe “cuatro síntomas desarrollados a partir de la conservadora era de Reagan: crecimiento lento, pocas oportunidades, ansiedad creciente y una sociedad fraccionada”.
En el tercer cuarto del siglo pasado, los inversionistas doblegaron a los gobiernos para que abandonaran el modelo de desarrollo Keynesiano. Se argumentaba la mayor eficiencia y capacidad de desarrollo de los mercados ante la ineficiencia y corrupción de la Administración Pública. Fue entonces cuando empezó a imponerse la lógica financiera de los inversionistas que debilitaron las políticas económicas gubernamentales. En otras palabras, los intereses económicos moldearon un Estado que interviniera lo menos posible, redujera su gasto público, flexibilizara la legislación laboral y que bajara los impuestos sobre la producción, elevando los del consumo; así se puede resumir el neoliberalismo.
Que la generación de bienes de consumo se oriente al incremento de utilidades en vez de que se mida por la cobertura que los bienes tienen en la población oculta la desigualdad, la cual crecerá aún más en el marco de esta crisis provocada por el COVID-19. Antes de la crisis teníamos un sistema productivo que operaba con sobre explotación, desigualdad y un equilibrio precario; el mercado interno estaba debilitado y nuestros vínculos con el exterior, muy comprometidos. Encima de todo eso, estábamos estancados. Llegamos a “La crisis” en malas condiciones y nos pondrá en peor circunstancia.
EL TAMAÑO DE LA DESBARRANCADA
En términos prácticos, el sistema se desarticuló cuando se cayeron la oferta y la demanda al mismo tiempo. Todo ello detonó un círculo vicioso: contracción de la inversión, mayor desempleo, menor recaudación, mayor desaceleración, lo que provocó lo que probablemente será la peor crisis económica de la historia del mundo y de nuestro país.
El impacto en México podría alcanzar el cierre de unos tres millones de empresas de todos los tamaños, a perderse un par de millones de empleos formales y cerca de 30 millones de personas con problemas graves de ingresos, si no más. GEA estima que, “al terminar el sexenio, la riqueza producida por la economía mexicana será prácticamente la misma que la de 2019. Es decir, que el crecimiento que se registrará en los próximos cuatro años apenas servirá para recuperar lo que teníamos al final del año pasado”[2].
El problema se agrava porque la Administración Federal se ha negado rotundamente a ofrecer prórrogas en el pago de impuestos, moratorias a deudas fiscales y subsidio al empleo. De hecho, su apoyo se orienta solo a la ampliación de sus programas sociales, transferencias económicas, o al ofrecimiento de empleo precario. Es uno de los países que ofrecen menos apoyos a las pequeñas y medianas empresas para subsistir y mantener el empleo. Lamentable, porque es mucho más costoso crear un nuevo empleo que apoyarlo para que no se extinga.
¿Y AHORA PARA DONDE?
Nos podemos imaginar un escenario complicado. Condiciones difíciles para reorganizar la actividad no solo productiva, sino social. La escasez agudiza la desigualdad y la desesperanza puede provocar malas conductas. Claro que la solidaridad puede cambiar las cosas, pero ésta necesita organizarse y difícilmente responderá a la magnitud de lo que la situación exigirá. Tampoco es un asunto de policías. La violencia engendra más violencia y pronto se puede descomponer la vida comunitaria. Pero el tema no es ese; el tema es como reinventarnos como una mejor sociedad.
La coyuntura es muy simple: o reorganizamos el sistema para que sea más justo, más amable y que garantice oportunidades a todos, o, como siempre ha sucedido en las crisis: el sistema dejará que sus ingobernables fuerzas lo acomoden, concentrando aún más la riqueza generada lo que agudizará la desigualdad y polarizará las cosas. El resultado se puede predecir, mayor tensión, crisis y encrespamiento social. Pero los momentos de crisis son también de oportunidad, este es momento de exigir la contención del sistema depredador y proponer algo nuevo. Los espacios que se cierran no los llenan los más pequeños, los llenan los más voraces, y recordemos que la oportunidad es también para los que quieren acabar con lo que queda del Estado de Bienestar, las regulaciones ecológicas y mantener los privilegios para amasar fortunas en medio de gente que se muere de hambre sin que importe. Así es que hay que ponerse en marcha.
Si pensamos en grande, es el momento de replantearnos de reconciliarnos con la vida… o con la tierra o la raza humana. Si en serio queremos aprender algo de la pandemia, es hora de que reconozcamos que es la actividad económica de los humanos la que está llevándonos a un ecocidio; que el cambio climático es provocado por nosotros, de la misma manera que la desigualdad social, la opresión y la marginación son provocadas por los seres humanos.
El cambio no vendrá de los gobiernos y menos de la iniciativa privada. Tendrá que venir de la de la sociedad civil. Para avanzar hacia el futuro que aspiramos tenemos que aprovechar todo lo que los movimientos de resistencia al sistema han aprendido a lo largo de los años. Este es el momento de alzar la voz, de organizar a la ciudadanía y de proponer una nueva visión, construida desde abajo, incluyente, sustentable, sostenible, y de las mejores formas plausibles para darnos el primer objetivo básico de la actividad económica. Solo hacen falta tres tareas: Organización, Programa y Gestión. Buenas para un siguiente artículo.
[1] Capitalismo Progresista, La respuesta a la era del malestar, Joseph Stiglitz, Editorial Taurus, 2020.
[2] Guillermo Valdez Castellanos, Milenio Diario, 17 de mayo del 2020.