Una imagen y mil seiscientas palabras (más o menos)
Para contar lo mío no se necesita un escritor. Maté y mandé matar. Por no poder acercarme a los cadáveres, vi las fotos de mis hijos muertos. Al principio el dinero me gustaba mucho, junté pilas de billetes que llenaban cajas que después no cabían en la sala, tampoco en el comedor, y fueron a dar, apretadas, a una bodega; creo que al verlas salir de mi casa fue la última vez que gocé del dinero, aunque seguí en aquello que me lo daba a raudales.
De ahí fue el turno para el placer que me producía lo que, al cabo, siempre, aumentaba la lluvia de billetes, asesinar, amenazar, perseguir, secuestrar; cada tarea era como sacudir el árbol de dinero, que caía fácil a mis manos, y qué disfrutables eran las cien formas de zarandearlo. Pero me abandonó la pasión por aquello; extraño, si acaso, el reculón del arma en la mano y el tronido largo y agudo del cuerno de chivo que me hacía sentir vivo e impedía que oyera los gritos, las maldiciones, la lloradera y los lamentos de los heridos, cerraba los ojos un segundo y el humo y su aroma lo apaciguaban todo.
Lo siguiente fue que me gustara que los hombres y las mujeres hicieran lo que yo quisiera; por dinero, y lo soltaba sin límite, o por miedo, ¡cuánto miedo me tenían!, y a los acobardados los disfrutaba más, a veces su miedo era pavor y sentía cómo de buena gana hubieran huido a otra vida, pero no podían: no se hacían en el mundo sin el miedo que me tenían, o sin mí.
Estos son asuntos que recién juzgo, y a medias; en aquel tiempo era dejarme llevar, puro instinto, digo yo, y no me daba chance de dudar, de tener lástima o sentir dolor: el muerto dejaba de importarme antes de que muriera, y los otros se volvían nada en cuanto estiraban la mano para que se las untara. A la gente la conozco fácil y pronto, a lo mejor porque soy como soy, mustio y silencio las más de las veces.
Con plata y ninguna consideración a la hora de jalar el gatillo, la historia de lo que uno parece ser, bien o mal, la hacen los de afuera, después basta con que uno se atenga al cuento, con una palabra, con un gesto y haciendo saber que carga uno la herramienta. Los años de lo que he sido me trajeron a esta circunstancia y a probar una explicación de lo que pasó, de lo que me pasó. O tal vez invento y acomodo mis lances del pasado según las enseñanzas que acabalo en el presente; puede ser, como sostienen, que lo único que me movía era la maldad, pero si eso fue, y no insinúo que estén errados, la usé con paciencia, sin atrabancarme como tantos que acaban por ponerse a merced de las balas.
Rumio y repaso lo que acabo de pensar y me sostengo: lo mío no es para escritores, ni yo me acerco a la posibilidad de decir lo que verazmente soy, lo que desde el fondo me impulsaba; no puedo ponerlo de corrido en palabras, los episodios pasan rapidísimo, los recuerdos, los arrepentimientos -no por lo que hice, sino por lo que no me atreví a hacer- y el enojo imparable se atropellan en mi mente cuando empiezo a contar y me acojo al silencio. Sé leer y advierto lo que dicen de mí; que si el más rico, que si el más violento, que si asesino cruel, envenenador de muchachos y todo lo malvado que se pueda describir, eso soy para casi todos, bueno, para todos. Presiento que lo que apasiona a los que escriben es presentarse a través de los temas que les interesan y al valerse de lo mío, como no les alcanzan sus palabras, las adornan con fotos y videos: cuerpos mochados, cabezas sueltas, sangre untada al suelo, en las paredes, en los asientos de las trocas, sujetos colgados del pescuezo en algún puente de cualquier ciudad, armas acomodadas para que retraten mejor, fajos de billetes, vehículos incendiados y bolsitas con polvo blanco o pacas de yerba.
Leo y veo todo eso y sé que no se acerca ni tantito a lo que soy; son relatos pobres para entender los pormenores que impone el jale que hacía, lo que sale en los periódicos es apenas lo de después. Pero está bien, imagino que muchos al leer y mirar la tele con mis noticias se topan con lo que de ellos mismos hay en esas palabras y en las imágenes; me figuro que los que escriben y los que con la cámara van tras las huellas, dizque, de mis quehaceres, lo que pretenden es guiar a los demás a aceptar la vida tal como ellos la ven; el escándalo para destacar lo bueno de lo malo, lo legal de lo criminal, es sólo el vagón para montar a los creyentes en su realidad, la que, sin embargo, aseguran yo creé.
Sé, pero no lo digo, que los gustos que me di y que dejé atrás, arrancan de una actitud que todos compartimos, así lo siento: disfrutar de lo que sea que tengamos que hacer para conseguir lo que queremos, que es lo que importa. Navegar por el mar desconocido para descubrir rutas nuevas o soltar una ráfaga de rifle o suscribir una religión son las ganas de asignar a los demás una sola forma para el mundo, y la impone el más atrevido con sus ilusiones.
La primera vez baja uno la cabeza, tiembla, respira corto y sudan las manos, las muertes de después son meras confirmaciones de que tenemos claro para dónde vamos y cómo: muertos y dinero, más muertos y más dinero, combustibles del espanto y del amor que uno provoca, alrededor giran las cosas con el vuelo que agarran, dale y dale, para seguir por su cuenta, tanto si vive uno de mercar drogas como si el pan lo conseguimos de escribir crónicas para anticipar a la gente cómo es que el universo va siendo; consigues hacerlo bien una vez, le tomas sabor a lo que resulta, entonces puedes decir y hacer lo que sea, sin importar lo que en tu entorno suceda. Como creo que ya dije, lo satisfactorio que permanece no está en los fines, sino en los instrumentos.
Pero no hay remedio, las realidades se entrecruzan, se mezclan y hacen otra diferente, o varias. Ése que ven bocabajeado por la mano enguantada del militar no soy enteramente yo, como el soldado no es todo él: un rato antes reíamos porque un familiar suyo quedó agradecido porque algún día le di para unas medicinas, le contesté que no me acordaba, que el único medicamento que he recetado es mariguana en alcohol, frotada, para las reumas. Luego nos quedamos callados; él iba, por su deber, a montarse en la foto en las que quedaría fijo llevándome por la nuca, ni por aquí se le pasaba que algo de eso tuviera que ver con la justicia o con la ley o con los asesinatos que debo; y yo, cuando volteé a la cámara, muy cansado, pensaba en que dentro de no mucho estaría solo, sin la obligación constante de ser yo, con todo y que el rumor que también soy siempre se me adelanta, incluso a donde nunca estaré; ese murmullo se trenzaba igualmente entre las rejas de las celdas en las que estuve: para los otros reos, el que tenían de vecino era el de las crónicas, el de los chismes, el de las fotos y los videos, y me mantengo a como comencé: les atraía el dinero que estimaban tengo y los seducía y repelía el miedo que causo; nomás que eso, su envidia, su respeto y su terror ya no me provocan nada, salvo, sí, algo de agradecimiento: no se metían conmigo cuando estaba callado, en plan de dar con las palabras y en la sospecha de que no hay las que necesito.
Columbro que mis figuraciones, con todo y todo, no son más que mi lucha por describir a la sociedad y encontrarme un lugar; aunque al final, yo y lo que he sido son otra cosa, al margen a ratos y al centro de repente, incontable, es todas a la vez: el dolor de las familias, de los huérfanos, las viudas y los ensombrecidos (como nombro a los que no saben si su desaparecido vive o muere y ni para dónde lanzar sus rezos) y es pudrir a los políticos y a los policías y a los jueces y a los banqueros y explotar a los indefensos y a mujeres y traer hijos al mundo sólo para que mis enemigos tuvieran modo de cobrarme la factura, y no dejar de deberles.
Falta, y faltará, hablar lo otro, lo soterrado que me ha movido o aquietado, lo que es la semilla de las cosas; es un latido, una emoción, un ahogo, un impulso, es coraje y tristeza, es soledad y la imposibilidad de saber quiénes somos y para qué estamos y, de todos modos, entercarse en averiguarlo. Pero a esto llego: cuando me empeño en dar con el hilo de mi historia me convenzo de que ha de decirse con pocas palabras; las páginas y páginas son para tapar las pistas que llevan a lo auténtico, a lo profundo, y volvernos puro cuento.
El caos no fue previo al comienzo, siempre es al final, cuando lo otro comienza, lo que no sale en la foto y que no sé expresar. Ya no me quiero escapar, pero no depende de mí. Ya no quiero ser yo, pero eso todavía menos obedece a mi voluntad.
Extraordinario
Todo se lo debo a mi manager