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Monseñor Chacón (el otro)

Lo vi venir de lejos y pensé “A que monseñor Chacón, nunca pierde la compostura”. Porque así, menudito como es y a pesar de que su fama se extiende más allá de la frontera con el gabacho, siempre camina sin prisas, volteando pa’ un lado y luego pa’l otro. Pero no como fijándose, sino como admirando, como si el lugar fuera nuevo y lo quisiera entender viéndolo.

Venía así, despacito, tranquilo, solo y derechito hacia mí. Yo se que en este pueblo que lo vio nacer no necesita guardaespaldas, pero carajo, ya carga muchas como para confiarse.

–¡¡Qué ‘só, Aristos!!—le dije cuando estuvo al tiro–  ¿Qué te trae de regreso a este pinchi pueblo polvoriento?

–Pos de aquí soy, uno tiene que recalar de vez en cuando pa’ que no lo olviden–, dijo sin aspavientos y se sentó a mi lado, estirando la mano para que le diera una cerveza. No dijo más.

Parecía que nunca se hubiera ido. Tiene más de 25 años de andar rodando con la maña y todavía me recuerda al chamaco que nos recogía las pelotas en el campo de beis bol. Tiene cara de niño, así, de inocente, pues.

–¿Qué sabes del tigre? –, me soltó al rato, en seco, entre trago y trago de cerveza.

–¿El Sepúlveda? ¿el de Ojo Zarco? —contesté yo tentaleandole, no me fuera a equivocar –Nada, hará unos diez años que no sé de él, o más, como cinco, agregue queriendo hacerme el chistoso, pero el cabrón ni pestañeo.

Le dio otro trago a su cerveza, el último.

De repente se paró, me miró directito a los ojos y me dijo, –Si lo ves díle que lo ando buscando— y se fue por donde vino.

–Oye, Aristos (no se me da llamarlo monseñor, el apodo no es de mis tiempos) … y pa’ donde le digo que jale… digo, en caso de que me lo encuentre por ahí…– Pero Aristos Chacón, el Monseñor, el Jefe de Sicarios del Chapo, había empezado a silbar y no se molestó en contestar.

Esa fue la última vez que lo vi.

Aristos era unos ocho, diez años más chico que nosotros. Era un chamaco que le gustaba el beis y cuando íbamos a tirar pelota lo dejábamos ir por las bolas que se nos iban, o, en el peor de los casos lo metíamos a jugar si es que nos faltaba alguien. Al poco tiempo de entonces, ¿qué será? Como hará unos treinta años, se fue del pueblo sin despedirse siquiera.

Después supimos que andaba enrolado nada más y nada menos que con el Chapo, y que era el más cabrón de los cabrones. El más Matón de los Matones. Nos contaron de que por allí le vino el apodo ese de Monseñor. Dizque un montón de cabrones culeados al verlo con un Cuerno de Chivo casi de su propio tamaño, le empezaron a llamar “mi señor” y de allí al Mon Señor, más elegante y picudo, pos solo hay un pasito. Aún más si el pinche nombre de Aristos está refeo.

Un día, hará unos quince años, recaló al pueblo para casarse. Cosa rara porque la costumbre dice que las bodas son en territorio de la mujer, pero Monseñor Chacón quiso casarse en su pueblo y no hubo suegro que se lo impidiera. La mujer era una tal Natacha, creo que rusa, aunque fuera solo del puro nombre, por que tenia un titipuchal de hermanas y decían que eran de una familia bien de Guadalajara, de esas fresotas, muy pipirisnais y medias mochas, pero sabe. En la Boda le decían Carmen, pero a mí, el hermano Davi y Jorge el honrado, que en aquel entonces eran de la mera gente de Aristos, me dijeron que se llamaba Natacha y que la conoció en Cuba vendiendo cacahuates en las plazas importantes. Decían eso y se cagaban de risa. Sabrá dios cual sería la verdadera historia de la Natacha-Carmen-esposa del Monseñor Chacón, Pero la vieja tenía unos ojos enigmáticos, no lo miraban a uno, lo escudriñaban y luego hacia una especie de sonrisita que lo ponía a uno nervioso, como si dictara una sentencia. Eso sí, toda su familia era de risa fácil y dizque buenas pa’ cantar, aunque en la fiesta no lo hicieron. De cualquier modo, la boda estuvo repadrota. Retellena de banda, güisqui y morras. Eso sí, al día siguiente, ni Aristos, ni su vieja, ni su gente. Solo nosotros que nos quedamos con hartos cuentos para platicar por mucho tiempo.

Pocos años después de que estuvo en el pueblo buscando al Tigre Sepúlveda, lo entambaron. Lo habían agarrado vivo luego de una balacera, no me acuerdo por donde, pero lo llevaron al pinche Centro de Readaptación Social Venustiano Carranza, en Tepic, Nayarit. O séase, en el meritito pinche infierno, como le decían. ‘Ora que el monseñor, poquito a poco fue bendiciendo a todos y acabo de portero, qué de portero, de dueño. Claro no solo, sino con un tal Veytiver, el Diablo Mayor, que era el Fiscal de Hierro de Estado, allí pinchemente.

Cuando Veytiver cayó, porque lo agarraron en Estados Unidos, la ley fue por Monseñor Chacón de inmediato, creo que al día siguiente. Según dicen dizque para protegerlo, pero lo acabaron refundiendo en Puente Grande. Y allí es donde empieza la historia que yo me sé. No la sé de primera mano porque yo nunca he tenido pedos con la ley, pero mi compadre Onofre que nació chueco desde que su madre lo parió, acabo de vecino de celda del monseñor y platicaban.

Aristos, vaya usté a creer, era medio nostálgico, así como tierno pues, y le daba por contar cosas de su corazón. Por eso fue por lo que le contó su historia com-ple-ti-ta a mi compadre Onofe; le contó por ejemplo que al principio él se envició porque le gustaba mucho el dinero y que arrejunto tanto que no le cabía ni en toda su casa, hasta una bodega tuvo que comprar y ya que tenía tanto, dejo de disfrutarlo… oiga usté. Lo más perro fue cuando le contó que lo que más le gustaba a él era asustar gente, que a él no le gustaba llegar nomás a echar bala. Eso era chido, si, pero lo más chingón era agarrar vivos a los méndigos contrarios y hacerlos que se zurraran del susto antes de acribillarlos. Hacerlos ver su suerte despacito. Meterles el cañón de la fusca por la boca. En fin, cosas de esas… acallar los gritos a metrallazos, decía mi compadre que decía monseñor. Hacerlos, literalmente que se cagaran en los calzones.

‘Ora que no nomas le contó anécdotas. Le contó cosas de alta sensibilidá, que le dicen. Cosas como que en los años en los que fue lo que fue, aprendió a ser algo así como un artesano de la maldad, aunque él en el fondo no se sentía malo, sino que la historia de gente como él la escriben los de afuera. Le contó un chorro de cosas de esas en las que uno no piensa porque están cabronas, profundas, así, reflexiones sobre el bien y el mal y la realidad y la trampa de hacerse como es uno, aunque eso nos pasa a todos en cualquier lugar de la vida donde estemos; no solo por que estemos en un camino de maldad, solo que nuestras reflexiones pues valen madre ¿a quién chingados le van a interesar, si somos una pinche bola de comunes y corrientes?

Pero bueno, regresando al Monseñor, le hizo tal guato de confesiones a mi compadre, pero tantas, que este se la pasaba rumiando como podría sacarle lana a eso. Se imaginaba una película o una serie de esas de netflix, hasta que alguien lo hizo caer en cuenta de que tenía que conseguirse un escritor para escribir un libro y luego, si el libro era exitoso, podía pensar en una serie o de perdida en una película. Y en eso estaba mi compadre Onofre, leyendo libros y libros de narcos para imaginárselo mejor, –o para saber cómo echarle más crema a la historia, pienso yo—, de tal manera que supiera a quien ofrecerle la tarea de la escritura.

Justo cuando andaba en eso, recibió un mensaje. Sabrá dios como se fue a enterar el pinche monseñor, pero el mensaje decía clarito: “Para contar lo mío no se necesita un escritor” y lo acompañaba una bala nueve milímetros cromada… quién sabe para qué, o por qué, pero la pinche bala estaba cromada. Y hasta allí, las aspiraciones de grandeza de mi compadre.

Con el tiempo, supimos que el pinche Monseñor Chacón andaba endilgándole su historia al Chapo. Que había escrito una carta, donde describía sus tristezas, donde hacia sus reflexiones, no sobre su desencanto, sino sobre su resignación. No, tampoco sobre su resignación, simplemente sobre el hecho de reconocerse en lo que era, en lo que había sido… y la escribió a nombre del Chapo el muy cabrón.

Según nos contó el que nos contó, todo eso era dizque para ayudarle al Chapo, para que, en la cárcel de los Estados Unidos, tuvieran compasión por él y lo trataran más amablemente. Y según nos dijeron, algo así funcionó, porque los gabachos se calmaron con el Chapo y vaya uno a saber cómo, pero el caso es que Aristos anda libre, fresco y alechugado, como si nunca nada hubiera pasado. Ya no en la maña, como antes, o si, pero de otro modo. Según nos contó el que nos contó, ahora es miembro de una mafia que ronda el poder en Jalisco, se apodan como un escritor famoso, mexicano que fue nobel, no me acuerdo del nombre, pero son chingones y dizque tienen el poder sin participar en elecciones.

El caso es que un día mi compadre Onofre quiso desengañarse y se armó de güevos. Agarró un camión y se fue hasta Puente Grande a preguntar por el monseñor. Cuál fue su sorpresa de que le dijeron que allí no lo conocían. Que nunca había estado preso en ese Penal. Mi compadre se encabronó y les dijo que no mamaran, que él había sido su vecino de celda y que habían pasado allí más de dos años recluidos. Para su mayor asombro, los guardias que revisaron los expedientes le dijeron que el tampoco había estado preso en ese lugar, que tampoco él existía en los registros del penal. Y allí es donde la historia se descompone, porque como mi compadre es sencillo, esto le encantó tanto que se le olvidó el objetivo de su visita y decidió regresarse a Sinaloa.

La única cosa que perturbó a mi compadre y que todavía lo trae inquieto, fue una molestia ocasionada por un periódico que compró antes de subirse al camión que lo traería de regreso. La cuestión fue que en cuanto arrancó el viaje, pensó en otro problema que se le podía presentar: Si no estuvo preso en Puente Grande, ¿cómo le explicaría lo que hizo esos dos años a la comadre? El asunto no era menor, En Sinaloa las viejas son cabronas y uno no puede andar allí nomás haciéndose de mosquita muerta. No sé cómo resolvió mi compadre respecto a eso, el caso es que, saliendo de Tepic, agarró el pinche periódico y le llamó la atención una notita chiquita y desperdigada entre las páginas interiores refiriéndose a un tal A. Chacón, que estaba pidiéndole cuentas al Gobernador. ¿A. Chacón? ¿Aristos? La coincidencia era enorme. Le dieron ganas de devolverse nomas pa’ confirmar sus sospechas. Pero que carajos. Ya no traía dinero y tenía el expediente limpio. Con eso le bastaba… Por el momento.