El Pabilo Amojonado
Nunca he vivido en un coto, pero apenas lo enuncio, motivado por el artículo de Eduardo Mar aquí mismo, en El Jarro del Gato, y me entra la duda: ¿y si resulta que he vivido en más de uno y ni cuenta me he dado?
Mi primer impulso es ir a buscar el significado de coto. Pero me resisto, no tiene ningún chiste dialogar con el texto de Eduardo valido de definiciones, académicas o de Wikipedia, él usó un recurso magnífico para sustentar su reflexión: sus recuerdos de la adolescencia casi adultez (no se dejen engañar: hace treinta años, si se juntaba en alguna esquina con otros como él, era para planear algún maldad). Pero bueno, luego de devolver el diccionario a su anaquel, hago un repaso de mis muchas residencias: mi gozosa infancia en el DF sucedió en la Colonia Centinela, al sur de la ciudad, cada calle de las que la conformaban era un retorno: desde la avenida central entrabas a cada uno y topabas con una casa, así que: a retornar.
A finales de los sesenta y parte de los setenta, lo que hacíamos en el Retorno 707 era, básicamente, jugar futbol; aunque también andábamos en bici y recorríamos distancias “enormes”, como la que había entre el Retorno y el estadio Azteca; era clara la diferencia entre espacio público y privado, no obstruían el paso vallas o guardias de seguridad en ninguna calle que le pidieran a uno identificación vigente y la última declaración de impuestos, como ahora sucede.
Hace no tanto, al visitar a mi hermana que vive en Valle Real, un muy comedido agente privado de los que no sabe uno si cuidan a los que llegan de los que están adentro o a estos de quién sabe qué: ¿y a qué viene?, a lo que respondí: qué le importa, quizá por mi honestidad brutal me dejó pasar, luego de que él cometió un crimen: guardó mi credencial de elector, capturó los datos en una computadora y no mostró advertencia alguna sobre el cuidado de mis datos personales. Nota: muchos de mis amigos y amigas del Retorno viven aún ahí, en los años ochenta salían a encontrarse fuera de sus casas, como siempre, pero ya no jugaban fut, bebían whiskey y hacían fiestas itinerantes: una noche en una casa, a la siguiente en la de a lado, por eso sospecho de la versión de Eduardo, que no es mucho más joven que yo.
A mediados de los setenta me trajeron a vivir a Guadalajara. La nave familiar recaló en Vallarta San Jorge. En esa época la Perla era la ciudad más hermosa del mundo. Bueno, conocía muy pocas otras, pero la hipérbole aquejada de nostalgia jamás necesita documentación. En bicicleta sólo se interponía entre nosotros y la voluntad por descubrir las partes ignotas de la ciudad, el cansancio o la mala alimentación: alguna vez, ya rumbo a la Barranca por la Calzada, nos regresamos aquejados de una sobre dosis de productos Marinela, Sabritas y refrescos Titán, cosecha del día previo.
El ansia por distinguirse de los otros o por cuidarse, también de los otros, que hoy algunos ponen en juego no era impedimento en los años setenta para apropiarse de la ciudad y de su diversidad, arquitectónica y social; nada nos era ajeno y salvo las ínfulas territoriales de chavos entrenándose para ser adultos, tampoco éramos ajenos para la urbe ni para sus habitantes.
No mucho después, a comienzos de los ochenta, vi de lejos un coto, bueno, no un coto, El Coto, allá por los confines de la Universidad Autónoma de Guadalajara, al que se llegaba por una terracería que iniciaba en donde acababa, o comenzaba, según se mirara, Av. Patria; todo rodeado de una estupenda barda de piedra, sobresalían las copas de muchos pinos. No recuerdo que su pared perimetral nos pareciera una exclusión, vivir ahí era como estar en el campo y no lucía como un exceso protegerse por medio de acotarse, porque eso sí estaba claro: lo acotados eran sus moradores, no el resto que queda afuera, o dentro, según se mirara.
El caso es que ahora los cotos son un concepto, uno que sirve a la mercadotecnia, a los delirios de grandeza que nos aquejan -sin distingo de sustratos socioeconómicos- a la inseguridad, hoy consustancial a nuestra idea de la vida en la ciudad. Las calles con gente que Eduardo Mar describe, la libertad que podíamos usar y la disponibilidad de la ciudad siempre abierta, en el sentido lato del término, para quien quisiera tomarla, las perdimos para nuestros hijos, a los que, aún sin vivir en un coto, debemos acotar: no salgas, no hables con extraños, no te vayas de mi vista, no hagas nada fuera de estas paredes, o fuera de las otras, las del coto, porque ahí acechan, incesantes, unas y unos que no conocemos, y son peligrosísimos.
Al final, quizá tengo mucho tiempo viviendo en un coto, sin arquitecto ni albañiles cada cual nos vedamos con bardas imaginarias, Caifanes lo cantó y nos marcó: “afuera no soy nadie, sólo adentro”. La prueba es mi bici arrumbada, qué flojera que hasta para eso, montar en la bírula, nos deban construir cotos especiales, en días precisos.