Si, puede sucederle a cualquiera
Despertó. Su conciencia universal, no, su universal conciencia, cayó en cuenta de sí misma y supo que – aunque el verbo saber nos es suficiente para designar lo que en él supone la acción de conocer- estaba dormido; se solazó en la sensación, se cumplió otra eternidad desde la ocasión previa en que abandonó las cosas, los mares, el cielo, el destino de las criaturas, las estrellas, los planetas, a merced de la interacción consentida por las leyes celestiales.
Qué ha pasado… descansé. Preguntó. Salvo que preguntar es una manera inteligible, para nosotros, de nombrar la duda que durante una millonésima de segundo lo conmovió. Fue mera cortesía, si lo hubiera deseado habría atestiguado, en ese momento, lo ocurrido, todo, incluso los detalles nimios; por ejemplo, el trazo del lápiz que en la mano de una niña formó una u, o la colisión inconmensurable de dos galaxias. De entre una luz irresoluta, o de entre una penumbra radiosa -para delinear fielmente ese espacio tendríamos que renunciar a describirlo- manó un ¿sonido?, ¿una voz? que llegó a él por un medio inefable: es el día ocho, no pasó algo y ya pasó casi, casi todo.
No fue una réplica retórica; no pasó algo, es decir: ahí, en un día de sus días, con él sosegado y ajeno, el azar, la excepción que él admite para pretender que pierde dominio, podría conspirar con la nada para jugar a los dados, sucedió antes (vaya estruendo), no esta vez. Y, ya pasó casi todo: allá, en donde la creación es tiempo, acontecieron miles de millones de años, y a la vera de cataclismos, unicelulares y cósmicos, de vidas simples y complejas, de guerras, muerte, arte, esperanza, memoria y olvido, aconteció que una niña aprendió a escribir y que la gravedad por él fundada amalgamó dos masivas acumulaciones estelares. Volvió a conmoverse.
Pero, musitó sólo para su ser insondable -vacilar dos veces en la inminencia de la muda de eternidad era excesivo-, en dónde puse al coronavirus.