Comando
El comando avanzó con una sincronización impresionante, los cinco hombres localizaron un lugar propicio para introducirse por debajo del sweater; la blusa no presentó mayor problema. Una vez en la oscuridad la marcha fue más lenta y precavida, como si se movieran en terreno minado. Avanzaban en zig zag, dirigiéndose de manera general hacia donde debería estar el norte. Al poco rato encontraron una construcción que protegía un par de montes gemelos. Por fortuna descubrieron que se desabrochaba por delante y la desarmaron inmediatamente. Escalaron primero el monte de la derecha y luego el de la izquierda, sorprendiéndose de encontrar en ambas cimas unas rocas redondas e idénticas que reconocieron como señales de sus objetivos militares. Palmo a palmo escudriñaron la zona que circundaba las lomas al tiempo que se iniciaban una serie de pequeños temblores de tierra. Por algún extraño motivo, abandonaron repentinamente la región y se dirigieron hacia las tierras bajas, más allá de un valle que también inspeccionaron con sorprendente meticulosidad.
En ningún lado encontraron resistencia armada, pero a media llanura los sorprendió una enorme muralla que les impidió seguir adelante. Tardaron tiempo en desabrocharla. Lo consiguieron después de una maniobra de otro grupo que los apoyaba desde el exterior. De allí en adelante el avance fue complicándose debido al reducido espacio que tenían para moverse y porque aumentó la intensidad y la frecuencia de los sismos. Pronto llegaron a un pequeño pero tupido bosque que hizo la marcha extremadamente lenta pero más entretenida. Al final del bosque, ya entre montañas, llegaron a una cañada de aguas frescas. Un lugar mágico que estremeció a cada uno de los integrantes del comando. Por un momento todos perdieron la noción del tiempo y de los riesgos. Extasiados por la belleza y los aromas de la región, algunos desearon discretamente quedarse allí para siempre.
El capitán se dio cuenta de lo que pasaba y ordenó buscar una zona propicia para acampar. Haciendo un esfuerzo recorrieron ambas orillas de la cañada, pero más que inspeccionar, jugaron con el terreno: metían los dedos al agua o se volvían para admirar el paisaje. Se establecieron a un lado del bosque, al principio de la cañada, muy cerca del lugar por donde habían llegado. El capitán abrió entonces el sobre lacrado con las últimas instrucciones secretas: Ese lugar era sumamente peligroso pues volvía locos a los hombres, su misión era preparar el terreno para que esa misma noche otro cuerpo del ejército penetrara la cañada y la hiciera estallar. El capitán releyó por segunda vez las instrucciones, absorto, sacó un cigarrillo que encendió después de haberle prendido fuego al mensaje; contempló hasta el final como se convertía en cenizas arrastradas por el viento, observó a cada uno de sus hombres, echó un vistazo rápido al paisaje y luego se quedó mirando la cañada. Sus labios dibujaron una sonrisa desconcertante y sin voltear a verlos otra vez se dirigió a sus soldados: «Muchachos –les dijo–, báñense, tendremos la tarde libre».