Estadística de la minucia
Yo era feliz, conmigo. Me iba bien, soy, mejor dicho: era importante; que si nos hace el honor de dar una conferencia; que si por favor una entrevista; escriba, si es tan amable, un artículo; queremos que se haga cargo de un capítulo del libro…; faltaba más, usted va en el presídium. Leer, afanarse por estar al día y en el centro; tener los amigos más inteligentes, los colegas que los demás envidian, una pequeña pero vigorosa colección de arte, libreros atestados que ya pueden llamarse biblioteca. Una familia cuyos miembros suelen hacer el bien, y el mal que causan no es trascendente, sí involuntario. Y mi futuro, luminoso… hasta que dejó de serlo.
Yo era feliz, conmigo. Me iba bien. Era importante.
No vi venir al enemigo. Imposible; su genoma está formado por una sola cadena de ARN con polaridad positiva y de, más o menos, 30.000 pares de bases, que presentan una capucha metilada en el extremo 5′ y una cola poliadenilada (poli-A) en el extremo 3′, lo que maliciosamente le otorga un gran parecido al ARN mensajero del hospedador. La descripción es rotunda: un horror de ésos con los que no quiere uno toparse en la noche; sólo que microscópico, característica que lo vuelve aterrador.
Todavía no me ataca. Aunque al oscurecer me parece oír sus bramidos, rechinidos espeluznantes, mínimos, como gis en el pizarrón de una casa de muñecas; de pronto me despierto porque un roce, leve como intuición, tensa la funda de la almohada. Algunas veces, lo juro, he escuchado su risa… silbido entrecortado, similar al que hacen las hojas de los árboles talados al caer. Sueño su capucha metilada, o no sé, porque de repente, durante las vigilias de inconsciencia que ahora son mi hábito, creo haberla visto mientras el bicho se escabullía bajo las uñas de mis dedos.
La daga que traje de Sayula representa el atajo por el que escaparía de este reino insalubre y amenazante que es la realidad. La iniquidad del enemigo, siempre potencia y, a la vez, siempre actuante, me abismó.
Yo era feliz, conmigo. Me iba bien. Era importante… ¿cuántas veces tuve que elegir? Comer con un político de primera plana, con un empresario o con algún embajador; todos anhelaban comentar conmigo alguno de mis textos o pedirme un consejo.
Ya no. El sujeto hostil, con carne de microscopio, dinamitó mi mundo. Pum. Cuando vi la lista de los trabajos esenciales, ésos que por ningún motivo deben entrar en cuarentena, descubrí que el mío no estaba. Leí tres veces el decreto; E-S-E-N-C-I-A-L-E-S, retumba en mi cerebro. Farmacéuticos, abarroteros, expendedores de frutas y verduras, empacadores de frijol, albañiles, incluso creo que los diputados (y diputadas) son aceptados en sus curules; y lo que yo hago, con lo que me gano, ¿me ganaba?, la vida y he adquirido notoriedad: al confinamiento, por innecesario. A unos días del claustro obligado para los intrascendentes.
Yo era…ahora sólo aspiro a ingresar al único escalafón que cuenta: sospechosos, nuevos casos, contagiados, recuperados y decesos. Debo mantener la calma, como hacen los individuos de la masa a la que antes miraba de lejos, si deseo identificar mi destino: ¿me tocará en la línea ascendente de la gráfica, en la curva a aplanada (si algún día) o en la línea que baja y que ojalá pronto tienda al cero?
La gloria pertenece a los médicos y las enfermeras; hasta los choferes de ambulancia y los camilleros arañan hoy los rangos del heroísmo. ¿Los invitarán los diplomáticos, los políticos, los intelectuales a cenar?
Mi mente y mi espíritu se encojen; a pesar de tanta filosofía y tanta literatura, a pesar de mi brega épica, jornada tras jornada, contra la página en blanco, a pesar de mi fama, nomás dos certezas conservo: una, remache lapidario para mi ego, lo que hago (lo que soy) no es esencial. La otra: sé que la obra definitiva del puñal, como sólo los hay en Sayula, será un millón de veces más digna que la cola polianidelada del infame coronavirus metiéndose por entre los pelos de mi nariz.
extraordinario… al principio pensé que era cierto, después me di cuenta que era verdad