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Democracia, sistema en el que la suerte tiene voto de calidad

Canta Joan Manuel Serrat: “es caprichoso el azar”; a la primera lectura el verso acusa una suerte de pleonasmo: está en la naturaleza del azar su comportamiento caprichoso, arbitrario, de otro modo no estaría bajo su tutela lo fortuito; pero pleonasmo denota error, por lo que, luego de una lectura más cuidadosa, descubrimos que la frase es más bien tautológica, acumula y reitera el significado: capricho, azar. (Serrat no se equivoca, o cuando sí, lo hace bien).

Cada que recuerdo esa canción escucho su voz unida a la música que de por sí contiene el poema: “es caprichoso el azar / no te busqué, ni me viniste a buscar”. En el día a día desestimamos evaluar nuestras peripecias desde el irracional azar, recurrimos a él para explicar eventualidades, como un accidente o un bache en nuestras finanzas personales, cuya aparición, la del bache, solemos atribuir a los aleatorios vaivenes de la economía, o bien, el azar para las minucias, encontrarnos con alguien, enterarnos de algo. Pero cuando miramos al pasado para contrapesarlo con la actualidad, una vez limadas las aristas pesarosas y nuestros errores de entonces, desarticulamos el discurrir lógico que antes tuvieron las cosas y aquel presente pretérito nos parece atravesado por destellos de azar: lo que olvidamos hace soportable nuestra voluntaria, o no, recurrencia a la memoria.

Los párrafos iniciales tienen que ver con lo que a continuación escribiré, por dos razones de forma: recordé algo a propósito de la cuarentena en la que tantos en el mundo estamos empeñados, así en Guadalajara, la abigarrada capital de Jalisco, en México, en donde luego de casi veinte días de estar guardados para librarnos de la peste llamada coronavirus, no es raro evocar la vida que vivimos cuando podíamos, sin culpa, salir a la calle para enfrascarnos en inmediateces “importantísimas” y confirmar la ilusión de que cada día traía su afán: antes de covid-19 cotidianamente erigíamos una biografía entera para un día después reinventarnos, como si cualquier cosa, y salir impunes, decorados con el talante de ser otras, otros, como si ayer o cinco años antes no contaran. 8 de abril de 2020: el sobado mandato de manual de autoayuda, aquí y ahora, es una pieza de humor negro, guiño al suicidio para los forzados en un ahí minúsculo y atemporal.

La otra razón del par de párrafos inaugurales es que, me parece, debo justificarme: emplearé un yo que corresponde a mí, narrador, no será el literario que puede simbolizar, para quien lee, a tú, a él, a ella o a nosotros. Da un poco de vergüenza valerse del yo susceptible de ser psicoanalizado, es una modalidad del abuso, pues no tiene otro mérito que la posibilidad de escribir, y de repente hacerlo profesionalmente, impelido por uno de los rasgos que destacan del confinamiento: alejados del histérico ir y venir rutinario queda tiempo, sin dejar de hacer el trabajo, para escribir, una de las vertientes de pensar (a priori, sin adjetivos).

La fórmula: ocio más disposición más memoria más 0.1 gr. de conciencia sobre el presente, originan este escrito, del que el pre/texto, al parecer, será más extenso que la anécdota.

A la deriva en los meandros del río que arrastra lo que fue, di con una experiencia de 2003, y la acoplé con el debate que a partir del 5 de abril adquirió intensidad en México, a propósito de la crisis económica que extiende un manto gris sobre el ánimo nacional; especie de meteorito textil que amenaza con cubrir al territorio nacional y extinguir especies del ecosistema económico: empleo, seguridad social, productividad, finanzas, públicas y privadas,  y, de paso, casi borrará de la faz de la impecable y diamantina: calidad de vida, servicios públicos, alimentación, seguridad, igualdad, confianza, y no descartemos que la justicia, de por sí en vías de extinción, termine por desfallecer. Sólo que el metafórico paño que se cierne desde el cosmos no caerá súbitamente para obrar su daño en un solo día, lo hará despaciosa y contundentemente por un tiempo que para el equilibrio del hábitat de la economía mexicana será poco menos que una eternidad, la que convertida a pesos equivale, más o menos, a medio año.

El Estado mexicano, encarnado por el presidente de la República (para los lectores del futuro: en 2020 México es un república federal y representativa, con 32 estados libres y soberanos; pero también es una simulación de república, de representatividad, y de libertad y de soberanía de sus miembros), decía que el Estado, frente a la debacle económica, optó por la asistencia social, de ésa que se ejerce ubérrima (y estéril para efectos de mediano plazo) en tanto aquél tenga billetes para repartir (la bolsa del erario, ante lo abrupto del escollo que tenemos enfrente, es altamente susceptible de vaciarse), y estimó idóneo dejar a su fario a la tajada más grande de la “planta productiva” del país, uso la expresión, que no resulta agradable, sólo porque en dos palabras contiene mucho: empleos, generación de riqueza, acceso a la seguridad social: la rebanada masiva que forman las micro, pequeñas y medianas empresas (mypimes), que proveen 75% del trabajo formal; desde las mypimes (otro vocablo no agradable) se desparraman beneficios económicos que alcanzan a quienes se buscan la vida en la informalidad, otro tanto masivo de mexicanas y mexicanos que están a su puritita suerte, sin salario fijo ni prestaciones y que, por cierto, abonan a la contabilidad de la patria con una nada despreciable riqueza.

Imponente debate, por multitudinario y polar, el que atestiguamos este abril, llevó a deslizarme hasta el 16 de octubre de 2003, Día Mundial de la Alimentación, del que fui parte, misterios del hado, en la sede de la FAO (la agencia de la ONU para la alimentación y la agricultura) en Roma. El orador principal aquella mañana fue el presidente de Uruguay, Jorge Batlle; siguieron el representante del Papa, Monseñor Volante (qué mejor apellido para representar a su Santidad), por supuesto un refulgente Jacques Diouf, a la sazón director general de la FAO, y el ministro italiano de Agricultura y Recursos Forestales.

Jorge Batlle, además de lamentar el hambre en el mundo -era lo obligado- aprovechó la oportunidad para hacer un llamado a las naciones desarrolladas para que, ante el influjo, entonces aún nuevo, del libre comercio, abrieran sus fronteras a los productos agrícolas de los países en vías o con ganas de desarrollarse, y les pidió (lo digo de memoria): abjuren del proteccionismo que pauperiza. Muy bien, pensamos algunos latinoamericanos, qué bueno que Uruguay trajo el tema a este foro. Llegó el turno del ministro italiano, Giovanni, que paradójicamente se apellida Alemanno; hizo a un lado lo que llevó preparado y prefirió, lo dijo, responder a Batlle. Contó que en Italia tenían, seguramente aún es así, dos modelos de productores del campo; el de las grandes empresas, tecnologizadas, exportadoras, a las que, aseguró, no necesitan proteger, pues hacen su negocio sin más ni más, y si les va bien, qué bueno, y si no, ni hablar. El otro es el de los pequeños y medianos productores, de ellos sí estamos atentos y los cuidamos, son quienes ponen la comida en la mesa de los italianos. Punto.

El presidente de México está anclado en el supuesto de que las grandes empresas del país, muchas de alcance global, o al menos continental, son las que reclaman atención, a partir del prejuicio sólo útil para andar en campaña: todas son iguales; desde esa fijación, el prejuicio, no la campaña, o quién sabe, pontifica, urbi et orbi: en verdad os digo, háganle, todas, como puedan, y condena a las que son la base para que las mexicanas y los mexicanos tengan comida en su mesa; lo que nos hace sospechar que las y los trabajadores tienen una mesa, y una casa en la que caben la mesa y las sillas con las que la mesa gana en utilidad y los mexicanos pueden cómodamente dar cuenta de las viandas que con el sudor de su frente, empleados en una empresa, consiguen. Tal vez López Obrador no sabe que en México las empresas del calibre mypime generan tal cantidad de puestos de trabajo; sobre lo que no hay dudas es que las referencias económicas y sociales del presidente ya caducaron (que revise sus etiquetas): las empresas las edifican y vitalizan, jornada a jornada, no sólo los dueños y los accionistas, sino sobre todo los que en ellas laboran, hombres y mujeres que preferirían seguir comiendo sentados en las sillas que tienen en la mesas de sus casas en México, los alimentos que otros como ellos producen, ayuntados en mypimes del campo, y a los que asimismo, en este periodo aciago, les caería muy bien que el Estado los proteja, o mejor dicho: que les corresponda.

Por lo demás, de acuerdo: que las empresas grandes y las inmensas gasten sus uñas en ellas mismas (paradójicamente, sus dueños son los que en estos días han sido convidados a la mesa del señor, en la que, por cierto, ponen la comida los mexicanos a los que el señor tiene instalados en la angustia), seguro, como siempre, muchas de aquéllas sobrevivirán y algunas saldrán más potentes de este lance. Es caprichoso el azar.