La historia es lo que pasa mientras estás ocupado tosiendo
La Historia en diálogo con la historia. La primera, representada por el presidente, la segunda, por los dichos del presidente; él, culmen de un proceso histórico que merced a la Decena Trágica sufrió una interrupción abrupta, aunque dos décadas después emergió luminoso, no de las cenizas, sino de una llama histórica que hasta cierto punto le era ajena, aunque poco después el curso histórico redivivo por el cardenismo suspendió otra vez su paso ante el embate modernizador, y corruptor, de los cachorros de la Revolución, que acarreaban su propias lectura y praxis de la misma historia. Sesenta años (más o menos) de hibernación para el trompicado devenir que el 5 de abril de 2020 llegó a un puerto en el que se plantó ante dos opciones: fincarse como impulsor de una inusitada muda histórica, merced a la crisis, global y local, sanitaria y económica, o quedarse aterido, con la borda de su nave untada al muelle del pasado que es la brújula de marear preferida por el presidente (la procura, esa brújula, porque sin reparo apunta al norte que el observador prefiera). En el momento crucial optó porque su narración histórica conversara con la historia que él pretende estar escribiendo, solitariamente ajeno al presente constante y plural de sus gobernados. La Historia en diálogo con la historia, no para entender el ahora y enrumbar hacia el futuro, sino por aspirar ser protagonista individual en una página o dos del libro sagrado para la Patria.
La Historia, para alcanzar el rango de h mayúscula, debe contener un conjunto de clichés que escurren, ayudados por los exégetas, de una generación a otra; lugares comunes objetivados en estatuas, nombres de calles, días festivos, pero asimismo subjetivos: la Historia contada en las escuelas y en los libros oficiales consta de ideas simples y maniqueas: buenos contra malos y las guerras: espadas flamígeras que blanden unos u otros para las debidas y periódicas expulsiones del paraíso. Tics nerviosos del acontecer nacional que instalamos acríticamente en los respectivos presentes, extirpados intencionalmente del contexto que les dio origen y ajenos al de los contemporáneos en medio del cual son invocados; símbolos huecos.
La historia releída y actuada por el presidente, sumo sacerdote del panteón mexicano, está compuesta por los pobres (en ocasiones grandilocuentes les llama “pueblo”); por algunos héroes que para él son modélicos; por las fuerzas conservadoras, especie de Drácula físicamente inmarcesible y moralmente inmutable, perverso de por sí; por ciertas nociones de la economía política, señaladamente el neoliberalismo, que se ha manifestado a lo largo de la historia con apariencias diversas: porfirismo, caciquismo, priismo, siempre está asociado a la tara más dañina de nuestra sociedad: la corrupción, que por su parte se nutre de la codicia (particularmente activa entre los conservadores) definida al modo cristiano: pecado capital, y por un elemento nuevo que el presidente historiógrafo ha añadido a su-nuestra historia: la familia, plural anónimo que junto a los héroes se ha encargado de salvar a México cada vez (si el Conacyt de hoy sirviera para algo, ya estarían las y los investigadores armando protocolos para indagar sobre la huella secular de la célula básica de la sociedad).
En resumen, para el presidente los anales mexicanos se entienden a partir de: los pobres, los héroes, los conservadores, el neoliberalismo (y similares), la corrupción, la codicia y la familia. (Nota para los biógrafos de Andrés Manuel López Obrador: seguramente habrán destacado que lo que en verdad disfruta es ser historiador, tendencioso, pero qué le hace, y como tal, la transformación que sí notamos ha conseguido es que es el primero que no trata de explicar lo que sucede con la lógica de lo extranjero que nos agrede; notable.)
Entonces, para entender al presidente ante una ocasión que para el país resultó histórica, toca revisar con más detalles los conceptos que animan su trance en la primera magistratura.
Los pobres, buenos por naturaleza, aunque en riesgo de ser malamente modelados por las circunstancias -según López Obrador, hay que darles dinero para que no caigan en las garras del crimen organizado-. Pobres inermes a los que, no obstante, no hay que sacar de su condición, dado que el presidente desprecia, con mayor o menor intensidad, al resto de los estratos socioeconómicos, por lo que lo pertinente es paliar su mala calidad de vida, con transferencias para pasar el mes, y que sigan pobres, para conservarlos buenos. Para ellos el presidente creó universidades de dudosa calidad (es lo que merecen), de la educación básica, para que contribuya a rescatar de la crisis a los menos favorecidos, sólo mencionó el dinero que llegará a las juntas de padres de familia para reparaciones de albañilería (escuelas-bolsa de trabajo temporal, e informal) y programas por mientras: mientras siembran árboles, mientras edifican obra pública, mientras sean lo que son, y que el dinero del gobierno, cada día más oloroso a urna electoral, no deje de fluir.
Neoliberalismo; advocación casi laica del demonio. El más discreto gesto puede invocarlo, se aparece y azuela lo que haya por azolar. No es una variedad de la economía susceptible de ser modificada por otra, no: es una condena que acecha, ineluctable, y que está siempre a la disposición de:
Los conservadores, que para el presidente son como CAOS para el Súper Agente 86 o el profesor Moriarty para Sherlock Holmes o los mexicanos para Trump. Nada injusto sucede en México sin que detrás estén estos maloras que medran sin ficha signalética que ayude a localizarlos; simplemente son parte irrenunciable de la historia que él se cuenta. A cada paso que su régimen da, ellos (suponemos que también hay mujeres) dan tres y así, tal parece, no le permiten poner en receso su campaña electoral. Si analizamos la manera en que el presidente los mienta, no son conservadores con el talante del joven Macabeo, Miguel Miramón, de la Guerra de Reforma y de la Intervención francesa, no; la versión siglo XXI de ellos no da la cara y prescinden de las convicciones que no sean la codicia. No les conocemos principios como los que sí tenían los de la centuria antepasada; la muy limitada causa de los conservadores de estos días es incordiar a López Obrador, quien nomás no da con el modo de exterminarlos, y lo peor: ni siquiera es capaz de publicar su perfil concreto, para que el pueblo se encargue de exorcizarlos. Por ahí andan, pero, bien a bien, no sabemos en dónde.
Los héroes, a los que el cronista que despacha en Palacio Nacional apela, son pocos, es decir, para una nación que está por cumplir quinientos años, si consideramos 1521 como punto de partida. No son tantos los dignos de aparecer en la iconografía oficial: Benito Juárez, que porta la bandera, flanqueado por Miguel Hidalgo, José María Morelos, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas. Recibió críticas y subió mujeres al pedestal, pero a uno secundario (en el que también está Emiliano Zapata), Leona Vicario, Sor Juana, Josefa Ortiz de Domínguez, Elvia Carrillo Puerto y Carmen Serdán. Aunque, sin duda sus deidades tutelares son los cinco mencionados primero, poseen la virtud de virtudes: fueron responsables de las transformaciones que el presidente atesora. Transformaciones-estancos en los que apretuja y segmenta su historia; o dicho en términos políticos: los compartimentos le vienen bien a su cuento. Lo que no demerita lo hecho por los personajes citados, a pesar de que haga a un lado sus haceres y sus ambientes vitales; lo que el presidente rescata, pragmático, es su valor simbólico. Por ejemplo, ni por ocio López Obrador se pondría a reflexionar en que la grandeza de Juárez está, en buena medida, en que fue un hombre, junto con otros, de su tiempo: resolvió con el México que tenía a la mano y con las herramientas políticas, jurídicas y éticas que correspondían a su era; y es destacable porque bien pudo quedarse en Palacio a rumiar las tropelías de Antonio López de Santa Anna o mejor todavía: a culpar a los españoles por el país que le dejaron, después de todo: cuando inició la Guerra de los Tres Años, o de Reforma, 1858, apenas habían transcurrido 37 años de la declaración de Independencia y 29 del intento español, con Barradas el frente, por reinstaurar la Nueva España, o sea: un lapso más breve del que el primer historiador del país atribuye al daño infligido por el neoliberalismo y sus demiurgos. Juárez no se anduvo con ñoñerías: pensó, escribió y se rodeó de las, de de los mejores, y estos lo consideraron uno de ellos, para seguirlo y rebatirlo, así fundaron un país. Pero es mero ejemplo. Podríamos, recorriendo el panteón elegido por López Obrador, colegir que tiene una visión roma, injusta, de los personajes a los que admira.
La familia. Afirma el presidente que es el recurso más acabado con el que México cuanta para remediar sus males, y lo ha sido desde el comienzo de los tiempos. Suponemos que, a falta de dinero, sin creatividad para plantear un programa económico que goce de consenso porque luzca pertinente, con terror ante la posibilidad de pedir prestado, sin que disfrute de la confianza de los factores que inciden en la economía y seguro de que él solo puede, sin duda la familia el cae de perlas para instaurarla como la divinidad terrenal a la cual apelar, con más fe que evidencias. De este modo, a un valor personal, diferente para cada cual, trata de convertirlo en estrategia política y económica. Ha de pensar: le funcionó al cristianismo, ¿por qué a mí no? Perdón por una especulación tan amplia, en todo caso corresponde con la amplitud y maleabilidad del concepto lopezobradorista de familia.
Y entonces, y al cabo: domingo 5 de abril de 2020, por la tarde, en el palacio virreinal del Centro de la ciudad capital: la historia unívoca charló con la historia unipersonal. Fue penoso, anticlimático. El momento histórico se diluyó, como el eco del himno nacional en la soledad del patio inmenso.
Viva México. Sí, ¡que viva! Y vive, a pesar de sus gobiernos y del coronavirus y de sus secuelas.