Compras por contagio
Fui directo a la unifila de la farmacia, no recordaba el nombre de las gotas que disminuyen la irritación de los ojos, pero eran muy conocidas así que la persona del mostrador lo sabría sin duda. A unos pasos de llegar a la línea marcada en el suelo para esperar mi turno, lo vi de reojo, a mi derecha, ahí estaba en una inmensa y bien organizada isla formada por decenas de paquetes: papel higiénico.
No advertí nada extraño entre los clientes presentes. Repentinamente un señor se colocó frente a mí y explicó que ya estaba en la fila pero había ido por algo que se le había olvidado.
Sin decir nada di un paso atrás para cederle el siguiente turno. Empezaba a preocuparme el tiempo, una señora de edad no atinaba a explicarle al encargado en mostrador el tipo de medicamento que necesitaba, y ahora este señor colado en la fila, ni modo, miré el reloj e hice mis cálculos.
Había decidido detenerme en esta super farmacia que estaba sobre la avenida, precisamente porque me llevaría poco tiempo bajar del auto, entrar directo a la unifila, comprar las gotas para los ojos y salir volando para llegar a tiempo a mi cita. Pero si me retrasaba 10 minutos más llegaría muy presionado a pesar de estar muy cerca de mi destino.
La irritación en los ojos era molesta, en el retrovisor del coche me había fijado que lucía como desvelado o crudo y para la siguiente junta me vería extraño, en fin, era mejor aclarar los ojos.
Al moverme en la fila vez miré de reojo otra vez al papel higiénico. Una señora venía caminando por el pasillo con un carrito de compras con ruedas, de esos que son muy chicos para un super mercado pero muy grandes para una farmacia. Caminaba con disimulo deliberado, muy telenovelero, llenando con falsa calma el carrito de servilletas, jabones, pasta de dientes, shampoo.
Llegó al paraíso cuando se encontró frente a la isla de papel de baño, en distintas presentaciones, diferentes precios. Rodeó el pasillo, se colocó en el lado opuesto para evitar estorbar en la fila de caja y empezó a llenar de paquetes el carrito.
La fila por fin avanzó, ahora para el invasor de mi turno. Nuevamente miré hacia la compradora compulsiva de papel de baño, pensé en la disyuntiva: ¿y si se lo acaba esta señora o veinte señoras como ella que seguramente harán lo mismo? ¿entonces si es verdad que hay gente comprando cantidades extraordinarias? Estaba sin duda ante una compra hormiga, pero igual de depredadora y efectiva que las compras de pánico en el Sams, Costco y esas, ¿qué haré?
El siguiente por favor, escuché al fondo. Caminé hacia el mostrador y le dije a la señora que no recordaba el nombre de las gotas para ojos irritados. Visine, respondió, ¡esas! asentí.
Fue por ellas y volví a mirar a la señora saqueando el papel higiénico de la isla paraíso. Otro señor llegó a tomar otros paquetes, pero sin carrito. Las cosas empezaban a lucir inquietantes para mí.
Sentí la irritación de los ojos que incomodaba más al fijar la vista. Había pasado una noche sin dormir. Mi hija mayor, que se encontraba en Madrid empezando un semestre de intercambio había decidido regresar a México, justo el día previo al anuncio del gobierno español sobre las medidas de emergencia y las restricciones al tránsito de personas, cierre de lugares públicos y todas las cosas extraordinarias que íbamos conociendo poco a poco.
Ya era mi última junta del día, para estas horas además de cansado crecía la preocupación porque ahora la duda era saber si no cancelarían el vuelo de regreso de mi hija. Estaba a unas horas de saberlo pero eso implicaba otra noche sin dormir, así que había que refrescar el ánimo, al menos en apariencia, empezando por esos ojos rojísimos.
Otra señora se acercó a tomar más papel higiénico, un solo paquete. La duda seguía rondando mi cabeza ¿por qué el papel higiénico? La única respuesta sensata me pareció que puede ser la eventual escasez, porque morir con el culo limpio no hace gran diferencia.
La vendedora colocó la cajita de Visine en el mostrador y me preguntó: ¿algo más? Guardé silencio un par de segundos y le dije: espéreme, déjeme tomar un papel de baño. Caminé 5 pasos hacia la isla paraíso, tomé dos paquetes grandes, los puse sobre el mostrador y escuché el pitido reconfortante de la caja que registró el cobro.
Salí de la farmacia, coloqué el papel higiénico en la cajuela, mirando alrededor para ver si no había una cámara infraganti, un agente de gobernación o un curioso que al verme solo tendría dos opciones para actuar: morirse de risa o entrar en chinga a comprar lo mismo.
Dentro del auto frente al retrovisor me puse las gotas sobre los ojos y enseguida miré el reloj, tenía el tiempo justo para llegar a mi reunión de trabajo con la apariencia menos agotada y el ánimo renovado, porque traía en el coche dos grandes paquetes de papel higiénico para enfrentar la crisis.