Hurgar en la forma de ver la vida
La cultura tiene que ver con la forma de ver la vida. El tema da para innumerables tazas de café o copas de tinto (el tequila está proscrito: la discusión puede caldearse), pero me atrevo a decir que la cultura es la riqueza –o la pobreza– con que interpretamos al mundo en el que vivimos, le damos sentido y actuamos en consecuencia. Las formas artísticas son la expresión de nuestra forma de interpretar la vida… de nuestro nivel o sofisticación existencial.
Entender al mundo como un valle de lágrimas, una selva o un lugar amable pueden servir de ejemplo (simplista, pero útil) para deducir las premisas culturales con que nos movemos y que dicen mucho de cómo somos, cómo hemos sido y cómo acabaremos siendo. Al final de cuentas, el reto de toda sociedad, como de todo individuo, es entender cual será su aportación al mundo y cómo contribuirá a hacer la vida sustentable.
Los ilustres no son excepciones
En el pasado Guadalajara debió haber tenido mucho gusto por la vida; hay cantidad de expresiones culturales que así lo reflejan: el mariachi, las rosas de antes, el tequila y un abundante manojo de manifestaciones culinarias así lo proyectan. Lo mismo el montón de pintores, músicos y escritores que florecieron a lo largo del siglo pasado y que no viene al caso mencionarlos de uno por uno (con excepción de los incomprendidos Spiders, que debieron haber sido a Guadalajara lo que los Beatles al mundo).
Sin embargo, hay que entender a los próceres no como casos excepcionales sino como la cúspide de la dinámica social que predominaba en la época. A la par de los creadores, había ingenieros, científicos y empresarios que no lograron tantos reflectores pero hicieron que las cosas se movieran. Basten los ejemplos del ingeniero Matute Remus, que literalmente movió el edificio de teléfonos con todo y operadoras adentro para ampliar la avenida Vallarta; o de los doctores encabezados por Miguel Álvarez Ochoa, que fundaron Productos Infantiles SA, mejor conocida como Laboratorios PISA.
El buey en la barranca
Desde hace años que se ha aflojado el paso. Hay muchos indicios de ello: el vergonzoso espectáculo del congreso y los partidos, que enseñan la pobreza de visión de quienes rigen los destinos políticos de los jaliscienses desde hace varias décadas; pero lo mismo puede decirse de la clase empresarial, que en general han hecho que la competitividad del estado se estacione en la media tabla del comparativo nacional; y ni qué decir de la mayoría de las universidades locales, que manosean información pero no generan conocimiento ni contribuyen institucionalmente a transformar la realidad del estado de alguna forma. Claro que el Festival de Cine y la Feria Internacional del Libro intentan emparejar el marcador, pero ambos mantienen una dinámica cultural hacia el exterior y no impactan demasiado al interior. Si hay una cosecha de promesas se debe más a esfuerzos aislados que a estrategias planeadas. En lo general, hace rato que no se siente una ola creativa que sacuda a la comunidad, más allá de las bicis… que se antoja sentirlas como preámbulo.
La cultura como agente de cambio
Sin duda que el auge económico favorece el florecimiento de la cultura, pero no se puede revertir ninguna crisis sin un cambio cultural. Es decir, sin una revolución en la forma de ver el mundo y de hacer las cosas.
Cómo toda ciudad, Guadalajara no tiene una sola expresión cultural; es un lugar donde la convivencia de múltiples formas de ver la vida hace mezclas que ensanchan horizontes y genera nuevas perspectivas. En esa dinámica radica una gran oportunidad. Hurgar en la forma de ver la vida debe ser estimulado. El ejercicio nos traería respuestas; podríamos descubrir rumbos y vocaciones. Guadalajara, con las obras de los últimos años, centros barriales incluidos, cuenta con infraestructura suficiente para desatar esa ofensiva revolucionadora de la forma en que la sociedad tapatía enfrenta sus retos. Sólo es cosa de intentarlo. Se necesita romper los paradigmas de las políticas culturales, que por costumbre siempre han sido subestimadas (solo basta con observar los presupuestos), y hay que empezar por despertar a los dirigentes. La estrategia no debe ser selectiva; no se trata de impulsar individuos; la oportunidad radica en involucrar a las masas en un sin fin de movimientos que detonen la reflexión de infinitas maneras.
Estamos a mitad de sexenio en un país donde todo se organiza por sexenios y con gobiernos municipales que apenas empiezan su administración. Si ambas instancias entendieron el mensaje de las urnas, evitarán politizar sus estrategias; entonces se podrían gestar sinergias de cara a lo que se aproxima del siglo XXI. En esos temas ambos tienen una oportunidad de dar la talla y erguirse como los líderes que nos hacen falta o pueden seguir siendo enanos.
PD… Este artículo lo escribí hace seis años. Lo que me llama su atención es su vigencia.
Alberto Pérez Martínez, Público, Agosto,2009.