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Con la vista en el cielo

Para Wosbal, con cariño y admiración

“Torre Guadalajara, el extra bravo papa unión papa virando a básico”

“Papa unión papa, autorizado a aterrizar en pista diez, viento calma”

Con esas palabras iniciaba una de las experiencias más intensas de mi vida. Pero no tenía tiempo de disfrutarla; eso lo haría después. En ese momento tenía que mantenerme enfocado.

Me encontraba volando solo por primera vez, a mil pies sobre la tierra, y a punto de hacer mi primer aterrizaje sin la compañía y supervisión de mi instructor de vuelo.

Voltee a la derecha, recordando aquella vez en que en esa misma maniobra descubrí un gran Boeing 727 que se aproximaba al mismo lugar al que yo iba. En aquella ocasión, al mismo tiempo que el pánico empezaba a entrar en mi, mi instructor, con toda calma me dijo “vira a la derecha y avisa que tú seguirás al avión grande. Recuerda que la responsabilidad aquí es tuya, y que en la torre de control también se equivocan”. Afortunadamente en esta ocasión no venía nadie.

Voltee a la izquierda, observando la pista de aterrizaje que se extendía allá abajo. Se acercaba el momento de virar. “Prepara el avión” me dijo mi voz interior.

Entonces empezó una sucesión de instrucciones desde esa voz interior, que frenéticamente me recordaban todo lo que había que hacer: “Cuida tu velocidad; inicia el viraje, y al mismo tiempo el descenso. Desacelera el motor. No bajes tan rápido! Cuida tu velocidad.. Baja los flaps. Alinea la pista.. Observa las luces de aproximación… Revisa el cono de viento… Checa de nuevo tu velocidad” y así una y otra vez…

Por fin llegué a estar sobre la pista. Ese momento debería ser de tranquilidad… “pista asegurada” debería decirme mi voz interior.

Sin embargo, esa voz decidió recordarme, de manera por demás inoportuna, aquella ocasión en la que practicando aterrizajes y despegues reboté demasiado fuerte sobre la pista. El susto me hizo bajar al avión de nuevo violentamente, en un esfuerzo por mantenerlo en tierra; sin embargo el efecto fue precisamente el contrario: solo logré un rebote aún mayor. Ahi fue donde cometí mi mas grave error; levantar la nariz del avión para evitar un nuevo rebote. En ese instante, con voz tranquila pero muy firme, mi instructor dijo “yo tomo el control”. En solo unos segundos aplicó máxima potencia, bajó la nariz del avión y lo estabilizó nuevamente volando a unos metros sobre la pista, evitando así lo que pudo ser una catástrofe fatal. Una vez estabilizado, y dado que la pista es muy larga, me dijo “toma el control”. Yo estaba paralizado de miedo, y le dije “¡no, por favor aterrízalo tu!”. El simplemente contestó “Yo ya lo solté, así que más vale que lo tomes y lo aterrices”.

Con ese recuerdo en mente, pero sin mi instructor a mi lado es que ahora me acercaba al punto en el que las ruedas tocan la pista. Mi voz interior hablo de nuevo: “mantenlo ahi.. mantenlo, mantenlo” y entonces sucedió algo fantástico, que cualquier piloto disfruta cada vez que lo logra: la alarma de desplome sonó al mismo tiempo que las ruedas tocaron el piso.

¡Entonces empecé a disfrutarlo!

Grité de emoción ahi, en la soledad de la cabina. Al llegar a la plataforma de estacionamiento, me esperaba ya mi instructor, y un par de mis compañeros estudiantes, para darme las tradicionales patadas que son la forma de desear a los nuevos pilotos felices aterrizajes.

Y desde entonces quedó grabada en mi alma aquella frase atribuida a Leonardo DaVinci: «Una vez hayas probado el vuelo siempre caminarás por la Tierra con la vista mirando al cielo, porque ya has estado allí y allí desearás volver»