Pensar en voz alta
Hoy le confesaba a mi hija Cristina que tengo ganas de nuevamente «pensar en voz alta».
He dejado de hacerlo por muchas razones; necesidad de tomar distancia, prudencia, desencanto. Pero pensar en voz alta es un ejercicio que enriquece siempre.
Se corre el riesgo de la descalificación gratuita, del juicio basado en el prejuicio. Se corre el riesgo de ofender sin intención. Se corre el riesgo, prácticamente inevitable, de opinar sin saber lo suficiente.
Sin embargo, pensar en voz alta plantea siempre retos dignos de ser asumidos: el de leer y aprender para opinar (aunque nunca se lea lo suficiente, y se opine antes de tiempo), el de escuchar sin prejuicios las opiniones de otros, el de aceptar el disenso, aún si este se expresa por medio del insulto o la descalificación.
Dicho esto, intentaré nuevamente, por aquí, pensar en voz alta.